auto de fe pedro berruguete

Comentamos ahora otra de las grande obras de arte que conserva el Museo del Prado. Se trata de una pintura de Pedro Berruguete llamada Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán. Sigue leyendo para ver todos los detalles.

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Santo Domingo de Guzmán

Reproduce un pasaje de la vida del fundador de la orden de predicadores en el que el santo -identificado por el nimbo y las tres flores de lis-, sentado en un trono con doseletes y destacado en altura sobre un basamento, preside un auto de fe contra el hereje Raimundo, que tuvo lugar en el siglo XIII. Berruguete representa la escena como si este auto de fe hubiera acontecido a fines del siglo XV, cuando el palentino llevó a cabo esta obra. Tanto es así que se ha puesto en relación con el auto de fe que tuvo lugar en Ávila el 16 de noviembre de 1491 -y del que pudo ser testigo el propio pintor o, en todo caso, de otro similar- para condenar a los autores de la crucifixión del Santo Niño de La Guardia (Toledo) y de la profanación de la hostia consagrada, que se mandó custodiar en el convento de Santo Tomás de Ávila.

Los Jueces

Digno de reseñar en esta obra es, sin duda, el grupo que componen santo Domingo entronizado en medio de seis jueces sentados, tres a cada lado. De entre ellos destaca el dominico de la derecha y el que lleva la cruz con el portaestandarte, que está dormitando a la izquierda. En la grada inferior, a los pies del santo, otro magistrado duerme ostensiblemente, sin que le despierte el ruido del oficial al leer junto a él la sentencia de la conmutación de la pena al hereje Raimundo. Este último, situado en el desnivel del terreno, junto a la escalera de acceso al tablado en el que están santo Domingo y los jueces, se ha despojado ya de la coroza que cubría su cabeza al comunicarle la buena nueva el dominico que se encuentra a su lado.

Escenario

auto de fe pedro berruguete

El artista sitúa la acción al exterior, en una plaza sin nivelar, que parece evocar el lugar en que se sentenció a los autores de la muerte del Santo Niño de La Guardia, la plaza del Mercado Grande de Ávila -la actual plaza de Santa Teresa, que entonces no estaba nivelada-, ante la iglesia de San Pedro. El pintor palentino sustituye el celaje del fondo por plata, y dispone dos tablados portátiles sobre los desniveles del suelo. El primero, representado con una perspectiva de abajo a arriba, se alza diagonalmente ante la iglesia y se tapa con un rico dosel -y también se cubren con un paño verde las gradas en las que están sentados santo Domingo y los jueces y en donde los oficiales, de pie, leen las sentencias-. El segundo, sin cubrir y a menor escala, debido a la distancia a que se encuentra del primer plano, está situado ante las casas del fondo, tras las que se alza un ciprés, y se destina a los oficiales y condenados -identificados por las altas corozas que cubren sus cabezas-, que esperan su turno de pie.

Personajes secundarios y condenados

El modo en que Pedro Berruguete representa la escena la convierte en una fiel estampa de la vida castellana en tiempos de Isabel la Católica. Vestidos a la moda de esa época, participan en ella jueces, oficiales, clérigos -entre los que destacan los dominicos-, soldados a pie y a caballo, verdugos, reos y el público bajo el tablado de madera, junto al verdugo que aviva el fuego.

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En primer plano, se alza el estrado de piedra -más bajo que el tablado- en el que se están quemando dos condenados desnudos. En esta ocasión, el pintor palentino los sitúa en el mismo lugar donde se comunica la sentencia a los reos, en vez de en otro diferente y lejos de él, como en realidad sucedía. Sin duda, Pedro Berruguete quiso incluir en esta obra tanto la sentencia como el castigo, que se destaca al estar ubicado en primer plano a la derecha de la tabla. En esta parte del cuadro, el pintor dispone los haces de leña que van a utilizarse para quemar a los dos condenados siguientes -identificados por la coroza en sus cabezas y el sambenito amarillo con la inscripción «condenado erético» cubriendo sus cuerpos-, que están ya junto al «quemadero», hostigados por las lanzas de los dos soldados a pie, que dibujan una cruz, y sin prestar atención al sacerdote, que intenta inútilmente que renieguen de la herejía.

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