Rothko_No_14

Mark Rothko, n. 14, MoMA, Nueva York. (*)

Por todos es sabido que el arte prerrevolucionario, es decir, el arte anterior a la Revolución Francesa buscaba encarecidamente la belleza. Ya sé que todo es muy matizable y que estamos hablando de unos periodos históricos amplísimos y de unos territorios muy concretos de este vasto planeta. Pero haciendo un esfuerzo de abstracción a la vez que de síntesis no debemos tener temor a afirmar que uno de los propósitos del arte era la búsqueda del ideal de la belleza.

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Ya hemos escrito sobre este particular en este mismo blog. Juan Carlos Padrón es el autor del artículo “La Tiranía de la Belleza y el Concepto de Libertad en el Arte” y en él proponía un recorrido a lo largo de la Historia del Arte y sus diferentes periodos para poner de manifiesto más o menos lo mismo que he resumido yo en el párrafo anterior. Sin embargo, Juan Carlos abogaba por mantener la conquista que supone no tener que regirse por normas preestablecidas y abrazar el ideal de la libertad creativa total.

Yo estoy completamente de acuerdo, la libertad en el arte es un valor fundamental y desde luego que no debe perderse bajo ninguna circunstancia, es un logro de la modernidad que es preciso conservar y no seré yo quien plantee una vuelta atrás en este sentido. Ahora bien ¿nos podemos permitir el lujo de renunciar a la belleza? ¿Puede existir una belleza concebida desde el paradigma de la libertad? Son preguntas complejas que nos pueden llevar a una multitud de interpretaciones, puesto que entraríamos en el eterno debate de si la belleza es subjetiva o, por el contrario, existen una serie de características que la hacen reconocible a primera vista.

Personalmente me decanto por una opción mixta, es decir, considero que el reconocimiento de un objeto bello puede provenir de un cierto orden, simetría o armonía. No obstante, considero también que los sentidos de cada individuo y sus circunstancias personales (incluyendo su tradición y su cultura) son libres de interpretar la realidad a su manera y, por tanto, hablaríamos de una belleza subjetiva.

Sea objetiva o subjetiva, lo importante y, en definitiva, lo que quiero esbozar en este breve escrito es que en mi humilde opinión no debemos renunciar a la belleza en cualquiera de sus formas, normativa o no, porque la necesitamos casi desesperadamente. Como mínimo nos serviría para contrarrestar la fealdad de los tiempos presentes y ya sé que diciendo esto me expongo a las críticas y alguno me llamará clasicista o favorable a lo apolíneo frente a lo dionisiaco –que diría Nietzsche- pero no me importa. En algún momento es preciso armarse de valor e ir contracorriente.

Además, si consideramos la Historia como ese constante flujo de idas y venidas entre el equilibrio y el desequilibrio, entre la contracción y la dilatación, movimientos propios del Universo y de la naturaleza, podemos deducir, o mejor dicho, puedo deducir que el arte rupturista, provocativo e incluso hiriente que vimos y todavía vemos en la actualidad seguramente cambiará de tercio, aunque sólo sea por una cuestión incluso de cambio de ciclo o de moda.

Yo abogo por una belleza concebida desde un paradigma de libertad y en convivencia con las representaciones de cualquier otro registro que los artistas deseen representar. Sin embargo, pido a estos artistas que no renuncien a la belleza, es más, los animo a que la busquen y que nos rodeen de ella. Los artistas ya saben que tienen la libertad de hacerlo, lo único que hace falta es que la usen, pero son ellos quienes deciden cuando usarla. Yo, aquí, estaré esperando a que llegue.

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(*) Imagen de Portada: Notnarayan. Creative Commons License.