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Palau de les Arts Reina Sofía, Valencia. (*)

Por todos es sabido que, en la era de la burbuja inmobiliaria, en España surgió la fiebre del ladrillo y nuestro territorio fue ocupado por doquier por nuevas construcciones. También es sabido por todos que todas estas nuevas construcciones no siempre se hicieron con el debido sentido común ni las políticas razonables que han de imperar en estos casos. ¿Falta de previsión? ¿Especulación urbanística? ¿Intereses personales? ¿Idolatría a las infraestructuras?

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Contenedores sin contenido

Sea cuál sea la razón, lo cierto es que nuestro paisaje se ha llenado de infraestructuras hipertrofiadas, en muchos casos sin un uso claro o simplemente abocadas desde un primer momento al abandono:

Trenes sin pasajeros, aeropuertos sin aviones o ciudades sin habitantes son algunos de los tristes testimonios de esta época dorada en que no interesaba preocuparse por una inteligente inversión de los recursos

Por desgracia la cultura no ha salido indemne de esta fiebre constructora, y en numerosos casos ha sido la excusa empleada para llevar a cabo proyectos megalómanos que, más allá de las infraestructuras a construir, no siempre tenían un proyecto de futuro claro. Es lo que normalmente agrupamos bajo el ya popular calificativo de contenedor sin contenido: esos grandes museos erigidos sin colección o sin un programa claro, pues lo único que importaba en su momento era crear la infraestructura, el edificio en sí –siempre de un reputado arquitecto-, para que trajera la fama y el reconocimiento internacional al lugar en el cual se erigía. Pero lo que no parecieron entender en su momento es que la carcasa por sí misma no supone progreso alguno, y menos en el mundo de la cultura, y que la cultura no necesita de estas grandes obras, la cultura de lo que vive es de su público.

Obras faraónicas

Ejemplos de esto hay varios en nuestro territorio, aunque tal vez el más llamativo sea de la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela: obra faraónica donde las haya, planeada por el ya fallecido Manuel Fraga casi como un capricho personal, ha supuesto el desembolso de al menos 400 millones de euros (cantidad gastada el día de su inauguración oficial en enero de 2011, con las obras sin acabar y varios edificios todavía por construir). Tal ha sido la polémica sobre este macroproyecto, obra del arquitecto Peter Eisenman, que hubo un momento en que se planteó la paralización definitiva de las obras. Pero lo peor de dicho complejo es que se comenzó sin una programación y una finalidad clara, y ha sido a posteriori cuando se ha visto la necesidad de desarrollar un programa y dotar de cierta coherencia y proyección de futuro a todo lo que ahí se realice.

Pero más allá de calidad de sus contenidos, lo cierto es que esta fiebre constructora de museos y ciudades culturales nos ha salido muy cara. Esto es así no sólo por los enormes desembolsos que han tenido que hacer las administraciones públicas para su construcción:

  • 1.300 millones la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Santiago Calatrava en Valencia.
  • 152 millones la ampliación de Moneo del Museo Nacional del Prado.
  • 92 millones la ampliación de Jean Nouvel del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Su mantenimiento supone un gasto constante, y eso sin contar con los problemas constructivos o de diseño que han tenido que ser remediados con posterioridad a la inauguración:

  • Filtraciones de agua en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia.
  • Remodelación de la obra de Nouvel pocos años después de su inauguración, con un coste de 700.000 €.
  • Mantenimiento del Palau de les Arts de Valencia, con una inversión diaria de 10.000 € para su mantenimiento, sin contar la seguridad ni la limpieza.

La Crisis y los Recortes en Cultura

En un momento en que los presupuestos destinados a cultura no hacen más que menguar (-70% de inversión de cultura en los últimos cuatro años), se hace todavía más patente el lujo innecesario que suponían estas construcciones. No estoy defendiendo la idea de que no se deberían haber abierto nuevos museos o centros culturales, sino de que la inversión en infraestructuras fue desmesurada y hecha con poco sentido común, conllevando un malgasto del dinero público.

El Palau de les Arts de Valencia necesita una inversión diaria de 10.000 euros para su mantenimiento, sin contar la seguridad ni la limpieza

Ahora, con la crisis, algunos de estos centros ven peligrar el desarrollo de sus programas a causa de los recortes (en julio de 2012, se anunciaba el despido de la mitad de la plantilla de la Ciudad de Artes valenciana). Y me pregunto qué hubiera pasado si en época de “vacas gordas” se hubiera hecho una inversión inteligente de todos esos recursos, desarrollando iniciativas con una visión más a largo plazo y de las que todavía hoy, y a pesar de la crisis, probablemente nos podríamos estar beneficiando. En este caso, tal vez algunos museos lamentaría menos los nuevos recortes que se les avecinan para el 2013:

  • 25.5% para el MNCARS.
  • 29.5% para el Museo Nacional del Prado.

En conclusión

Creo que como conclusión de todo lo dicho anteriormente, podríamos deducir que en cultura la inversión no es siempre todo lo inteligente que debería ser, al menos en este país: en época de bonanza se desperdiciaron unos recursos que ahora echamos de menos, y en época de crisis es uno de los sectores más castigados por los recortes debido a la poca valoración con que cuenta dentro de algunos sectores políticos. Tal vez alguien diga que la crisis no era previsible, que nunca se pensó que los recursos pudieran faltar, pero yo creo que era bien sabido por todos que algún día aquella burbuja iba a explotar, y aunque no hubiera sido así, considero que es obligación de los gobernantes hacer un uso lo más inteligente posible del dinero que es de todos. ¿Tú qué opinas?

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(*) Imágenes: Diliff. Creative Commons License.