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En 1967 Guy Debord, el célebre escritor francés, acuñó el término de sociedad del espectáculo. Con sociedad del espectáculo se refería al carácter ilusorio de prosperidad que producía el sistema económico a través del consumismo difundido por los medios de comunicación.

Aludía Debord al adormecimiento generalizado de la población por medio de una sucesión continua de imágenes a través de la televisión y describía el drama del espectador moderno porque “cuanto más contempla menos vive”.

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Sin embargo, en 1962, ya había aparecido otro concepto fundamental para entender nuestro tiempo. Se trataba del término sociedad de la información, acuñado por el economista Fritz Machlup en su libro “The Production and Distribution of Knowledge in the United States”. En él, este autor abogaba por la especialización del trabajo para conseguir una mayor productividad a través de la conversión de los individuos en expertos. Pero no se limitaba exclusivamente a promover una economía de la información basada en los réditos económicos obtenidos, sino que también mencionaba los beneficios sociales que ésta podría aportar.

Más tarde, con la publicación del libro “La era de la discontinuidad” en 1969, escrito por el Doctor en Derecho Internacional, Peter Drucker, se profundizó en estas mismas ideas, cambiando el término de sociedad de la información por el de sociedad del conocimiento, matiz que tenía que ver con la asimilación de la información y con el saber. Drucker estableció nuevas categorías como el trabajador del conocimiento e incidió en la innovación y espíritu emprendedor como una de las bazas fundamentales de la nueva sociedad que estaba surgiendo.

Algunas de estas teorías recibieron muchas críticas desde el ámbito de la filosofía. Por ejemplo, F. Ryle, veía en estos predicamentos una intelectualización de la sociedad en detrimento de una definición de conocimiento que no se redujera exclusivamente al ámbito de las ideas, sino también al ámbito de la acción, al “saber hacer”.

No sería hasta la década de los años noventa cuando volvería a surgir toda una corriente de pensamiento basada en la sociedad del conocimiento. En este momento, D. Foray, consultor de la OCDE, retomó el término para actualizarlo y ponerlo en relación con las nuevas tecnologías y en 2005, la UNESCO elaboró un informe en el que se exponían las bases de la que sería la nueva sociedad y la nueva economía del conocimiento; en una especie de síntesis de todas las teorías anteriores, pero esta vez, introduciendo novedades como el aprendizaje colaborativo. Intuición que acabaría confirmándose con el surgimiento y masificación de las redes sociales desde el año 2007.

Posteriormente, desde que en 2008 estallara la crisis financiera mundial, parece como si esas dos realidades, es decir, la sociedad del espectáculo y la sociedad del conocimiento hubieran colisionado y pugnaran, metafóricamente hablando, en una lucha por su supervivencia. Una por establecerse y la otra por no desaparecer.

Es en este contexto cuando surge Croma Comisarios Culturales y adopta esta filosofía:

Apostamos por la sociedad del conocimiento, porque el conocimiento da libertad al individuo y lo dota de capacidad crítica. El conocimiento es actividad, no pasividad, hay que interactuar para aprender, por eso, apostamos por Internet como herramienta fundamental de participación y comunicación. Además, la actividad fomenta la creatividad y la innovación, motores fundamentales para resolver los problemas que afronta la sociedad.

Croma se concibe entonces como un espacio de libertad y de conocimiento. Tú eres el protagonista, tú eliges, tú enseñas, tú aprendes. Nosotros nos limitamos a actuar como intermediarios del proceso, como comisarios* (curadores), en el sentido de que seleccionamos información y la sometemos al debate colectivo como forma de aprendizaje.

(*) Persona que concibe, organiza y realiza el montaje de exposiciones temporales.
(**) Imagen de Portada: morguefile. Creative Commons License.