Johannes Vermeer, La joven de la perla, 1665-1667, Mauritshuis, La Haya.

Johannes Vermeer, La joven de la perla, 1665-1667, Mauritshuis, La Haya.

En El mundo como voluntad y representación, Arthur Schopenhauer expresa de forma inequívoca los modos en que debe producirse la contemplación estética. Para que ésta tenga lugar, tienen que darse dos circunstancias:

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  1. El conocimiento de los objetos como ideas platónicas, es decir, como formas permanentes.
  2. La autoconciencia del sujeto puro de conocimientos y sin voluntad.

Esto significa que, para que se produzca la verdadera contemplación estética, debe abandonarse el conocimiento fundado en la razón, porque está al servicio de la voluntad. La voluntad tiene que ver con la necesidad y ésta con las carencias y, por tanto, con el sufrimiento, pero Schopenhauer nos explica que, para llegar a ser sujetos puros de conocimiento, debemos olvidar el principio de individuación que nos hace ser seres deseantes, esclavos de la voluntad.

El conocimiento, se escinde entonces de la voluntad para concebir los objetos libres de sus relaciones con el querer, lo que significa que la mirada desinteresada consigue un conocimiento objetivo y consciente de que todo es representación. Por eso, Schopenhauer pone el ejemplo de los pintores holandeses, porque se quedaban absortos (que es un término interesante, porque alude a la experiencia estética como sueño y ensueño) en la contemplación de las cosas más insignificantes.

El sueño y el ensueño como estado ideal para la verdadera experiencia estética

El sueño y el ensueño sería metafóricamente el estado en el que se produciría la verdadera experiencia estética, de tal modo que, en ese momento el individuo no tiene dolor ni dicha, porque se abstrae y se convierte en sujeto puro de conocimiento, como un ojo del mundo común. Precisamente, estas ideas son perfectamente ilustradas por Odilon Redon cuando representa esos seres absortos, que no son más que la “encarnación” en pintura de los postulados de Schopenhauer. Es esa mirada la que nos permite la contemplación objetiva, la Idea, sin nuestros deseos, nuestra voluntad. Lo mismo ocurre, con la representación de las visiones y de los ojos, que representan la autoconciencia del que conoce como sujeto puro y sin voluntad.

Odilon Redon, Orígenes.

Odilon Redon, Orígenes.

Ahora bien, la mayoría de los seres humanos carecen de objetividad, porque están al servicio de la voluntad y hacen valoraciones según sus deseos, lo que quiere decir que sólo una minoría está capacitada para la experiencia estética, porque solo unos pocos consiguen librarse del lastre de su individualidad y de sus deseos y, por tanto, de su voluntad.

Todo esto se resume en que, llegados a este punto, el mundo desaparece como voluntad, quedando sólo el mundo como representación.