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Artemisia Gentileschi, Autorretrato como alegoría de la pintura, c. 1638, Royal Trust Collection, Windsor.

Durante muchos siglos y hasta el siglo XVIII, los artistas fueron considerados artesanos. Aunque es cierto que en el Renacimiento ya se inicia un cambio de mentalidad y empiezan a despuntar nombres de grandes artistas, no será hasta el Romanticismo cuando se consolide la figura del artista tal y como la entendemos en la actualidad: ese genio individual, que crea libremente según su idiosincrasia personal y que entra en el juego del mercado del arte.

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Las asociaciones gremiales

Así pues, hasta ese momento los artistas, como artesanos que eran, se veían obligados a formar parte de asociaciones gremiales y a regirse por sus normativas en cuanto al pago de impuestos o la formación. Además, trabajaban siempre por encargo y bajo unas directrices muy claras que establecían, por ejemplo, el tema, el tamaño de la obra, el número de figuras o la calidad de los pigmentos. Como otros artesanos, se organizaban en talleres, en los que el maestro ejercía su actividad con el apoyo de ayudantes y aprendices. Pero el taller era, a su vez, un negocio familiar: se encontraba en la casa de los artistas, los aprendices y ayudantes solían cohabitar con los miembros de la familia (lo cual explica los frecuentes matrimonios entre ayudantes e hijas de los maestros) y estos solían colaborar en las distintas tareas del taller. De este modo, esposas e hijas de maestros participaban de su actividad y en numerosos casos acabaron por convertirse en artistas ellas mismas.

Las primeras academias

Cuando, a finales del siglo XVII y principios del XVIII, empiezan a surgir las primeras academias oficiales de arte -como centros de formación y exhibición- en un intento de profesionalizar la creación artística y de consolidarla como actividad intelectual, se acaba con el antiguo sistema de aprendizaje en los talleres. Aunque en un principio algunas mujeres tuvieron acceso a estas instituciones, nunca gozaron de los mismos derechos que sus compañeros varones. Así, nunca pudieron acceder a las clases de desnudo, impartir clase o participar en la obtención de premios.

Con la llegada del siglo XIX, las puertas de las academias se cerraron totalmente para las mujeres con la excusa de que las clases de desnudo no eran apropiadas para ellas y de que podían poner en un apuro al modelo masculino. Quizás, en verdad se temiera que ellas, con su arte mediocre, pusieran en entredicho el arte académico y sus instituciones, en un momento en el que la entrada de las primeras vanguardias ya lo estaba cuestionando.

Las Escuelas de Bellas Artes

Excluidas de las escuelas públicas, algunas recurrieron a las academias privadas, regidas por un gran maestro que generalmente también era profesor en la Escuela de Bellas Artes. En estas escuelas podían acceder al estudio del cuerpo humano, pero rara vez se hacía de forma completa y lo más normal es que fuera siempre por partes. Sin embargo, aunque estas escuelas solían aceptar mujeres, lo cierto es que el coste de la matrícula era mucho más elevado para ellas que para ellos, lo que limitaba el acceso a las mujeres adineradas. Tras años de lucha, a finales de siglo las mujeres consiguieron por fin ser admitidas en las academias. Desgraciadamente, para entonces la irrupción de las vanguardias había hecho mella en el arte académico y este ya no era centro neurálgico de la creación artística, que ya se había desplazado hacia otro sitio.

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(*) Imagen: The Athenaeum, Public Domain.