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César Manrique en una manifestación contra la construcción de un hotel en la playa de los Pocillos en Puerto del Carmen, Lanzarote. (*)

“En los viajes la cultura se nos brinda de una manera fácil y natural, pero hay un fenómeno que tenemos la obligación de difundir que es sencillamente enseñar a VER ya que el hombre tiene una infinita capacidad de adaptación y de información, para que pueda sentir el enorme gozo del análisis en la totalidad de las cosas y no pasarse la vida mirando sin enterarse por no saber ver”.

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César Manrique en un viaje a China, 1976. (*)

César Manrique fue un excelente pedagogo y un gran comunicador público. Muchas de las personas que lo conocieron dejaron incluso testimonio escrito de este hecho, y las mismas manifestaciones que realizó el artista en vida dan constancia de ello. Famosa es ya la historia de que recorrió Lanzarote, su isla natal, con un proyector de diapositivas explicando a sus conciudadanos por qué debían conservar la arquitectura popular y no dañar el paisaje. De hecho, llegó a publicar un libro llamado Lanzarote. Arquitectura inédita, en el que recogió muestras fotográficas de todos aquellos elementos de la arquitectura tradicional que definían las construcciones rurales y costeras de la isla canaria: chimeneas de reminiscencias bizantinas, paredes de cal pintadas de blanco inmaculado, escasez de vanos para resguardo del sol, ventanas de colores verdes y azul, etc.

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Portada del libro “Lanzarote. Arquitectura inédita”, 1974. (*)

Al margen de su defensa de lo vernáculo en arquitectura, me interesa resaltar esa vocación de educador estético, porque la cultura, como bien dice él, aunque se presenta ante nuestros ojos con naturalidad, en realidad es artificio puro que es preciso desentrañar. En este caso particular lo aplica a los viajes, quizás porque sea el momento en el que la mayor parte de la población visite más museos y monumentos. El viaje, por tanto, no puede ser un acto pasivo sino que requiere de un compromiso por parte del espectador, que se convierte así casi en un analista. Él mismo afirma, como podemos apreciar, que en ese análisis reside precisamente el goce estético, o si se quiere, el placer estético.

“Alcanzar la meta de la utopía es conseguir lo imposible. La utopía puede ser una realidad cuando el alma se manifiesta volcándose con entusiasmo de salto-record para conseguir esa singularidad de la creación”.

U-topos, es decir, no lugar. No se puede crear en un no lugar, eso es obvio, pero sí se puede aspirar a él. Entiendo que la palabra de utopía es utilizada aquí como un ideal que se puede llegar casi a sustanciar. Nunca será perfecto, ninguna obra lo es, ningún sitio lo es, pero puede aproximarse en la intención y en las formas. Algunos dirán que se trata de un gesto cargado de ironía, tratar de hacer algo sabiendo que es imposible lograrlo. Sin embargo, puede que la felicidad resida en esa búsqueda de la inalcanzable perfección, en ese llegar a acariciar aquel no-lugar.

La obra de César Manrique (sobre todo su obra espacial) busca ansiosamente producir bienestar a través de la delectación estética y el confort y, con ello, crear la tan escurridiza utopía. Esta es una cualidad bastante extraña dentro de los artistas de la modernidad, ya que, desde el romanticismo alabamos al artista que se autodestruye, al artista hipersensible que es incapaz de soportar el horror del vivir y acaba poniendo punto y final a su atormentada existencia. César Manrique es exactamente lo contrario, es un artista con una hipersensibilidad dirigida hacia la producción de belleza, pero no una belleza estéril que funciona como una cortinilla que cubre todo el horror mundano, sino que por el contrario, es una belleza concebida para crear el bien. En definitiva, una reivindicación de la olvida triada clásica: verdad-bueno-bello.

“Ante la presencia espectacular del destrozo y deterioro sistemático de nuestro planeta, por ese afán desmedido de poder y riqueza, nos encontramos en condiciones de intuir, por ese misterio escondido del instinto, la catástrofe de todo lo que pudiera ocurrir, si no luchamos aportando el esfuerzo de cada uno”.

Saber VER, como decía él, es una necesidad y esa necesidad es colectiva. La suma de todos los individuos es lo que realmente producirá resultados. Cuando una amplia mayoría de la población sea consciente de la fragilidad y equilibro del todo, seremos capaces de revertir la destrucción que hemos puesto en marcha. Hasta ese momento, seremos partícipes de los más aberrantes disparates. Quizás, en el momento en que Manrique la enunció, para el común de los mortales esta aseveración no era tan evidente, pero ahora sí. Cuando hemos sufrido los efectos devastadores de la especulación urbanística sin sentido, hemos empezado a descubrir que todo está interconectado y que la ocupación desmedida del suelo acaba destruyendo a la naturaleza y, por tanto, al ser humano. La causa de este mal que nos aflige, decía Manrique, no era otro que el afán desmedido de poder y riqueza y la solución, luchar aportando el esfuerzo de cada uno. Palabras sencillas a la vez que certeras. ¿Utópicas? No lo sé, cada uno debemos mirarnos en el espejo y extraer nuestras propias conclusiones.

“¿Se puede comprender tal torpeza y barbaridad, que por el sólo hecho de las estafas de la especulación con el sólo propósito de ese afán desmedido de urgente lucro, es capaz de abolir para siempre, y esto es lo grave, todo el porvenir de un país?”.

Playa de los Pocillos, Puerto del Carmen, Lanzarote, 1988. Se va a construir un inmenso hotel en primera línea de playa, no tan exagerado como el famoso Algarrobico de Almería (ante esto seguramente César se hubiera desmayado), una gran multitud de personas se concentra frente a las excavadoras y manifiesta que las obras deben ser paralizadas. César Manrique, con megáfono en mano y rodeado de otras personalidades como su amigo el pintor Pepe Dámaso o el cantante de ópera Alfredo Kraus hace un alegato en contra de la destrucción del paisaje y la construcción de una arquitectura monstruosa, incluso fascista, como él mismo llegó a decir en alguna ocasión. Los asistentes, aplauden al líder. En ese momento, 1988, no éramos conscientes de lo que íbamos a sufrir en España por la nefasta especulación urbanística, que sólo es capaz de producir miseria en la mayoría y desviar dinero del contribuyente al bolsillo de unos pocos. Para que no vuelva a suceder nada parecido, quede esta frase como advertencia para generaciones venideras.

“Un pueblo sin educación está condenado a la ruina”.

Todo lo que no se aprende por discernimiento se aprende por sufrimiento. A nosotros nos ha tocado sufrir, ya que hemos permitido las mayores atrocidades urbanísticas, que en realidad no se ha detenido desde el desarrollismo de los años sesenta. Como después de una guerra, ahora contemplamos los cadáveres de las edificaciones que nunca se llegaron a hacer, allí yacen en el campo de batalla campal que es la naturaleza. El dolor nunca ha sido buen consejero y no creo en el sufrimiento como forma de aprendizaje, prefiero pensar que la reflexión es más efectiva.

Reflexionemos pues y actuemos en consecuencia y no permitamos que la especulación sea el motor de la economía. Deberíamos apostar por una postura más conservacionista que intervencionista, en relación con nuestro territorio, porque los excesos han sido muchos, demasiados… Por tanto, se atisban dos soluciones: cárcel para los malditos que empobrecen en lo inmediato y educación excelente en el largo plazo. Lo contrario equivaldría a justificar la ruina colectiva en la que nos hallamos por esa falta de educación a la que se refería César.

“Creo que ésta es la misión más importante de un artista de hoy, ya que está siendo testigo de tanto descalabro, de tanta degradación, de tanta contaminación, que si realmente no se siente partícipe de la barbarie de la que está siendo testigo, para defender la estabilidad de la vida en todos sus órdenes, es que el arte tampoco le interesa”.

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César Manrique junto al escultor vasco Eduardo Chillida en 1976. (*)

¿Cuál es el papel del artista en este sentido? ¿Recluirse? ¿Realizar un arte puro? Él abogaba por un arte comprometido, pero comprometido sobre todo con la belleza. No era necesario mostrar la fealdad para denunciarla sino que, muy al contrario, pensaba que la producción de belleza engendraba belleza. Se le puede acusar de ser algo soñador en ese sentido, pero sería muy injusto, porque la sensación que se experimenta ante su obra no deja lugar a dudas. Uno siente la necesidad de zambullirse en ese arte-naturaleza, naturaleza-arte que era capaz de conjugar. Esa combinación de lo artificial y lo natural con el objetivo último de producir placer estético y confort se atisba hoy, y así lo creo firmemente, como una alternativa a esa contaminación y barbarie estandarizada que nos somete y degrada cada día.

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César Manrique observando cómo firma un cartel el artista Joan Miró. (*)

“El arte es algo mucho más importante, mucho más profundo, para no caer en la elemental y pobre vulgaridad de la ordinariez humana cada vez más acentuada, cuando no se ha planificado inteligentemente un despliegue de la llamada educación cívica y cultural”.

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César Manrique con el ex Ministro de Cultura Jorge Semprún. (*)

Tema recurrente en él, la educación y la cultura. Uno de los elementos más necesarios para mejorar el aprendizaje de los conceptos es el de la repetición continuada de los mismos. Repetir equivale a grabarlos en nuestro cerebro, a integrarlos en nuestro modo de pensar y a automatizar su uso. Por supuesto, no funciona la simple repetición si no va aparejada de la reflexión personal y colectiva, ya que de esa forma estaríamos cayendo en la aceptación acrítica de los pensamientos que se nos quieren transmitir.

Personalmente, no sé si la educación cívica se puede aprender en las escuelas pero la educación cultural está claro que sí. La educación cívica tiene que empezar en el hogar y luego expresarse en el espacio público con simples gestos que todos conocemos y que no cuestan tanto. No se trata de ser moralistas, sino en definitiva, de crear un clima de cordialidad y convivencia. Lo contrario es una especie de proclama que reza “sálvase el que pueda” que a nadie hará feliz y que a la postre traerá más miseria en el amplio sentido de la palabra. Ya sabemos qué está ocurriendo en el ámbito estatal con los infinitos planes educativos, así que yo no dejaría en manos de estos sujetos (por decirlo suavemente) la educación del futuro. Ahora bien, César hablaba de planificar inteligentemente, no sólo de elaborar planes, así que de eso, no le podemos echar la culpa a él.

Referencias

Santana Lázaro [ed.], Escrito en el Fuego, Edirca, Las Palmas de Gran Canaria, 1988.

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(*) Imágenes extraídas del libro: Santana, L., Manrique, Edirca, Las Palmas de Gran Canaria, 1990. Sólo con fines educativos (Fair Use).