goya-sueño-razon-produce-monstruos

Ayer leía un artículo de La Vanguardia titulado “Plastilina en la Universidad” y escrito por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB. Pensé que el artículo era actual, pero no fue hasta que un amigo me dijo que hacía años un profesor suyo lo había colgado de la puerta de su despacho, cuando me percaté de la fecha de redacción: 2008.

Por cierto, ¿conoces el libro Por Qué Estudiar Historia del Arte?

Te recomiendo que le eches un vistazo.

Eso fue lo que más me hizo pensar. Han pasado casi cinco años y el contenido es totalmente actual. En él se habla de la pedagogía que hoy se usa en la educación española: pasas con cuatro suspensos, hay que educar por competencias, hay que sustituir exámenes por trabajos… todo para que el alumno no se “traumatizara”. Pero el problema es que estos alumnos ya han llegado a la universidad; al parecer lo empezaron a hacer en 2008.

Está claro que el sistema educativo español no es el mejor, pero parece que hay personas, probablemente aquellas que se “traumatizaron” de pequeños cuando tuvieron que afrontar un examen, que lamentablemente se han convertido en “”modernos”” (sí, con dobles comillas) pedagogos y, lo que es peor, en padres “”modernos”” de esos que les da la razón a su hijo y se la quita al profesor sea cual sea el motivo, lleven, o no, razón.

Hoy parece que el esfuerzo va dirigido a meter a los alumnos en una burbuja de cristal, aislados del mundo para protegerlos de él, pero hay algunos que quieren estudiar porque tienen inquietudes y, pobres de ellos, quieren ingresar en la universidad. Otros, simplemente van porque es cool. De este modo, la universidad se ha convertido en una “jaula de grillos” a la que todos, los interesados y con motivaciones y los que no, pueden entrar y ocupar un banco.

Siempre me hace gracia cuando escucho que hay un porcentaje muy elevado de universitarios en paro, pero es que cuando se baja tanto el listón la mediocridad alcanza a todas las esferas, y no hay forma de diferenciar quién de verdad es un intelectual investigador licenciado por una universidad y quien simplemente tiene un papel porque aprobar una carrera es tan sencillo como presentarse a unos exámenes, hacer una serie de trabajos, y ser un poco constante. De ese porcentaje en paro del que os hablo habría que restar (sí, restar, eso que deberían haber enseñado en primero de primaria) todos los alumnos que han estudiado porque no sabían qué hacer con sus vidas o aquellos que lo han hecho porque sus padres “”modernos”” les han llevado (imagino que de la manita para que no se “traumatice”).

Esta indignación me llevó a pensar en las carencias del plan de estudios español. Qué parece tan lógico que acaba por no estar incluido. Lo de las competencias es un invento pedagógico para tranquilizar la conciencia de algunos y que piensen que lo han hecho a las mil maravillas cuando llegan a sus casas. Realmente, las competencias siempre se han usado, solo que ahora tienen nombres y apellidos y son una obligación. ¿O acaso a vosotros no os enseñaron a respetar mientras os enseñaban matemáticas o lengua?

…la universidad se ha convertido en una “jaula de grillos” a la que todos, los interesados y con motivaciones y los que no, pueden entrar y ocupar un banco.

Una de las carencias que creo que es más acusada es que no se enseña a los alumnos a interactuar con un auditorio. Si las conferencias de los políticos actuales son inaguantables, no me quiero imaginar qué ocurrirá cuando llegue esta generación al poder. En Estados Unidos se enseña a los alumnos a hablar al público desde pequeños, aunque su auditorio sean sus propios compañeros. Allí usan los llamados show and tell (enseña y cuenta) en los que suelen presentar cosas que le son familiares o sobre las que han trabajado un poco. Pero no hace falta ir tan lejos. Cuando vivía en Roma, un día fui a la Iglesia de San Clemente, en la que me senté para ver su maravilloso ábside.

Pasados unos minutos llegó un grupo de niños de entre cinco y siete años, con sus profesoras y padres. Pensé que era una excursión, y así era, y que las profesoras les iban a explicar la historia de la iglesia, y así no fue. Fueron los propios niños los que se habían preparado, con la ayuda de sus padres, pequeñas explicaciones que acompañaban de fotografías impresas. (Seguro que de mayores acaban “traumatizados” por este esfuerzo.) Si esto no es educar, que “venga Dios y lo vea” (la frase me pareció apropiada por estar en una iglesia). Además, se establece un vínculo con sus familiares, que les ayudan a buscar la información, aprenden a usar el ordenador, aprenden historia y se relacionan con su patrimonio.

Hablando de patrimonio, esta es otra de las lacras de nuestro sistema educativo. No hay una asignatura en la que se hable de nuestro patrimonio hasta segundo de bachillerato, cuando se cursa por primera vez Historia del Arte. No pretendo que se curse Historia del Arte desde pre-infantil, pero sí es necesario que se haga consciente a los alumnos de que ese patrimonio suyo es fuente de riqueza y que es su obligación, como lo es de todos, protegerlo y hacer buen uso de él. (Otro “trauma” para los estudiantes.)

Los alumnos no saben expresarse, en su gran mayoría, ni siquiera en su propia lengua.

Apostar por una educación patrimonial, siendo egoístas, nos puede hacer incluso ahorrarnos unos cuantos euros en innecesarias restauraciones y limpiezas producidas por los vándalos irrespetuosos con la historia.

Un sistema educacional que parece más un péndulo de Foucault que un sistema en sí mismo. Siempre parece estar en constante movimiento según quien gobierne y según en qué comunidad autónoma nos encontremos. La educación, muchas veces lo pienso, debería ser un tema que gestionara el Estado y nadie más. Voy más allá, es un tema que debería llevar el Estado siendo consciente de que dependiendo de qué inversión haga en ello a España le irá mejor o peor en el futuro. Pero no, de eso no se dan cuenta y cada vez que cambia el partido que nos gobierna parece que todo el sistema tiene que cambiar con él como si fuera una casa de alquiler en la que cada inquilino que entra le da su toque personal.

Seguimos con los problemas. Y ahora me voy a un problema lingüístico. Los alumnos no saben expresarse, en su gran mayoría, ni siquiera en su propia lengua. Dentro de esta “pedagogía de la plastilina” existe una competencia lingüística, pero ¿cuántos son los alumnos que escriben y hablan español de una forma correcta y usando diversos registros según la ocasión a la que se enfrenten? Hay compañeros míos que se han licenciado no sabiendo diferenciar hay, ahí y ay, y mi licenciatura es de “letras”. ¿Así pretendemos mejorar? Piensa que este compañero mío puede ser el profesor de tus hijos, así que estate tranquilo porque no lo “traumatizará” enseñándole estas diferencias.

Otro problema que van arrastrando en sus mochilas estos alumnos es que no saben investigar. Con esto no pretendo que todos los alumnos sean investigadores, cada uno que elija su campo profesional, pero sí que todos salgan de una educación obligatoria sabiendo analizar un texto, su mensaje principal, de qué trata y, por qué no, sabiendo poner notas al pie y una bibliografía correcta dentro de sus primeros trabajos. Quizás no lo vuelvan a usar porque sus futuros estudios no lo requieran, pero si lo hacen es algo que tendrán aprendido.

Lo peor de estos padres y pedagogos “”modernos”” es que están permitiendo una ley del mínimo esfuerzo y una cultura de la vagancia que está resultando muy peligrosa. No puedes plantar un árbol y dejarlo crecer a su libre albedrío porque se torcerá. Lo mismo ocurre con los alumnos, hay que educarlos e incentivarlos para que se superen a ellos mismos. Me hace mucha gracia la competencia que han titulado “Aprender a aprender”. Además es totalmente incoherente esta competencia, porque quizás puede ser que lleguemos a “traumatizar” al alumno al pedirle que aprenda. (Disculpa la hipótesis irónica.)

Querido pedagogo y padre “”moderno””, al alumno hay que pedirle que se esfuerce, que adquiera unos hábitos de estudio, que sepa manejar su lengua madre (no voy a hablar de una segunda lengua, por favor, que “trauma”), que sepa matemáticas básicas, que sepa interrelacionarse y enfrentarse a un público, que sepa escribir una reflexión sobre un texto, que pueda redactar un trabajo con una investigación mínima que no provenga de un copia-pega de Wikipedia, y algunas cosas más.

Pero para conseguir esto, primero habría que reeducar a todos estos padres y pedagogos “”modernos”” y segundo el gobierno tendría que invertir en cultura y educación, que ya sabemos que no le interesa porque es de lo que se puede prescindir.

Pero quedémonos con esta reflexión: la cultura emana conocimiento y despierta intereses, ¿no es eso lo que se pretende de un sistema educativo? Y si es así, ¿no dará como resultado personas mejor formadas?

La reflexión es inversamente proporcional: la educación da como resultado personas mejor formadas y con mayores intereses, ¿no es eso lo que se pretende de un sistema educativo? Y si es así, ¿no dará personas con un mayor interés y conocimiento de la cultura?

Artículos relacionados

La educación en la encrucijada

La educación occidental en tela de juicio

El fin de la Universidad

(*) Imágenes: Wikimedia Commons. Creative Commons License.