La fiebre de la construcción que se expandió por España en los años del bienestar económico fue tal que, cuando el Consejo de la Unión Europea encargó una obra de arte donde se representaran cada uno de los países miembros con un estereotipo, para España se eligió su silueta cubierta de cemento y una hormigonera.

Esta obsesión por levantar edificios no se limitó a cubrir la línea costera de hoteles y bloques de viviendas, sino que también se vio afectada la cultura, aunque entendida de una manera poco apropiada.

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Es la época de los museos llamativos y los grandes complejos culturales, teniendo al Guggenheim de Bilbao como el exponente más temprano dentro de lo primero y la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia como ejemplo paradigmático de lo segundo.

Se trata de construcciones megalómanas, ideadas para no pasar desapercibidas, con el inconveniente de que, con tanta aparatosidad, lo que sí pasa desapercibido (al ideólogo del proyecto, al arquitecto, y hasta al espectador) es la colección. Porque muchas de estas instituciones culturales nacen sin programa cultural y los museos, sin colección que exponer.

El Espacio Andaluz de Creación Contemporánea de Córdoba es un buen ejemplo, un edificio impactante donde se han ideado los montajes visuales que se proyectan en su fachada, pero no su órgano de gobierno y sigue sin directiva ni obras.

Estos museos nacen como obra de arte en sí, sin importar demasiado lo que vayan a contener. Por ello, se contrata a arquitectos de renombre, encantados con la idea de tener carta blanca para levantar un edificio de esta naturaleza, porque hacer un museo (igual que una ópera) les da prestigio a nivel internacional. Estos arquitectos cobran precios astronómicos por idear construcciones que no se adaptan a las condiciones básicas que esta tipología edilicia se supone que tiene que tener.

En Conceptos clave de museología, el ICOM deja muy clara su postura al respecto:

La arquitectura (de museos) puede presentarse como una obra de arte total. Esta perspectiva, reivindicada por algunos profesionales, sólo puede ser encarada en la medida en que los mismos incorporen una reflexión museográfica, lo que aún está lejos de suceder”. Esto ocurre cuando, según el ICOM, a los arquitectos “se les da la posibilidad de dar libre curso a su ‘creatividad’, a veces en detrimento del museo.

Esos edificios van estrechamente relacionados con una economía boyante, pues la mayoría de ellos son fruto del exceso y de una total falta de previsión, lo que ha hecho que, con la recesión prolongada en la que nos encontramos en la actualidad, hayan aparecido una serie de problemas graves relacionados con este tipo de instituciones.

Por un lado, estos edificios son muy caros de mantener, puesto que cuando fueron construidos nadie pensó en los costes diarios de mantenimiento. Materiales no aptos para el clima en los que se encuentran o, simplemente, no aptos para la construcción, enormes ventanales que obligan a tener constantemente encendidos sistemas de refrigeración, salas de altura exagerada que hay que mantener a temperatura constante y un sinfín de detalles que ya no hay manera de solucionar.

Tenemos el caso del Palacio de las Artes de Valencia, donde se colocó trencadís sobre acero, un material que se expande y contrae con el calor y que ha hecho que en menos de siete años ya estén saltando trozos de cerámica.

Otro problema aún mayor es el hecho de que este tipo de proyectos, por su intrínseca megalomanía, son obras que se han dilatado en el tiempo mucho más de lo previsto, con lo que se han multiplicado los costes de construcción hasta cifras si cabe más desorbitadas. Algunas han ido cambiando de configuración ya comenzadas, otras se han expandido espacialmente mucho más, y esta falta de previsión ha aumentado los costes.

entropa

Entropa, David Cerný.
Obra encargada por el Consejo de la UE.

Por citar dos ejemplos, la Ciudad de la Cultura de Compostela estaba prevista por 108 millones de euros, van por casi 300 y faltan aún los dos edificios mayores, el presupuesto de la Ciudad de las Artes y las Ciencias eran 150 millones de euros y por el momento llevan gastados alrededor de 1.300 millones.

Y el que, posiblemente, sea el peor de los problemas con el que se han encontrado estos espacios una vez llegada la crisis de la construcción, es que algunos de ellos no están terminados y no hay fondos para continuar. No queda otra opción que intentar acabar las partes más avanzadas para abrirlas y, al menos, contar así con alguna fuente de ingreso (y que el político de turno se haga la foto de la inauguración, que todo hay que decirlo); el resto hay que dejarlos como están, incompletos, a la espera de una coyuntura mejor y después de pagar a los contratistas y arquitectos por suspensión de contratos. Es lo que le ha ocurrido a los dos edificios que faltan por levantar en Compostela, o a la ampliación del IVAM, donde tras expropiar y tirar los bloques colindantes se decidió paralizar el proyecto.

El resultado es que nos encontramos diseminados por España una serie de vistosos edificios culturales mal planificados, donde el interés por la cultura ha sido la última de las motivaciones que los hizo nacer, algunos inacabados, todos extremadamente caros para crearlos y que cuestan varios miles de euros cada día para que abran sus puertas. Y que, para colmo, lo interesante para el visitante sea solo el edificio, puesto que no están bien acondicionados para contener una propuesta cultural satisfactoria.

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