Su caso es excepcional, pues se trata de una de las dos únicas mujeres escultoras que se conocen antes del siglo XIX; la otra, la italiana del siglo XVI Properzia de’ Rossi, cuya historia tiene un final trágico. Luisa Roldán, “la Roldana”, es por tanto un caso casi único, que no solo desarrolló su actividad como escultora, sino que además logró ganarse prestigio por ello y ascender en la escala social.

Luisa Roldán (Sevilla, 1652-Madrid, 1704)

Luisa Roldán nació en Sevilla en 1652, hija del escultor Pedro Roldán. Desde muy jóvenes, Luisa y sus siete hermanos colaboraban en el taller de su padre, aunque ninguno mostró el amor y las dotes para la escultura como “la Roldana”. A pesar de que en los talleres de escultura las mujeres solo colaboraban en las tareas más delicadas, como dorar, estofar o encarnar la figuras, Luisa desde el principio quiso ir más allá y empezó a realizar sus propias tallas y diseños.

Todas las hijas del escultor se casaron con ayudantes del taller y, junto a ellos, continuaron colaborando con el padre. Así también lo hizo Luisa, que desposó con Luis Antonio Navarro de los Arcos (también ayudante del taller familiar), a pesar de la oposición del padre a dicho matrimonio, cuyas razones para ello desconocemos. Rebelde por naturaleza y anhelando ser libre a toda costa, Luisa llegó a enfrentarse al padre en los tribunales por la cuestión de su matrimonio: los jueces le dieron la razón y pocos días después se celebró el enlace. A pesar de los deseos de Luisa de casarse, parece ser que no fue un matrimonio muy bien avenido.

Este matrimonio le permitió independizarse del padre y formar su propio taller, en el que su esposo trabajaría como ayudante. Ahora competidora directa de su progenitor, Luisa empezó a ganar prestigio y a conseguir encargos de iglesias y cofradías. Desarrolló también un arte muy personal, pues empezó a trabajar con el barro, un material que se consideraba pobre y que gozaba de poco prestigio, y consiguió ponerlo de moda en los ambientes eclesiasticos y nobiliarios de Sevilla y Madrid. Sin llegar a abandonar nunca la madera, consiguió dominar la cocción del barro para deshacerse de su aspecto más rústico y creó con él conjuntos de figurillas llenos de expresividad y encanto que adelantan el gusto rococó.

Luisa Roldán, Desposorios místicos de Santa Catalina 1690, Hispanic Society.

Luisa Roldán, Desposorios místicos de Santa Catalina 1690, Hispanic Society.

Muerte o éxtasis de María Magdalena, 1690, Hispanic Society

Muerte o éxtasis de María Magdalena, 1690, Hispanic Society.

En las dos obras anteriores podemos ver pequeñas figuras de terracota que adelantan el gusto rococó, por el formato pequeño (adecuado para el coleccionismo burgués) y por la dulzura de las imágenes (lejos de la fuerte expresividad barroca y de sus santos mártires).

Poco a poco su prestigio fue en aumento y empezó a conseguir encargos importantes. En 1686 fue contratada por el cabildo de la catedral de Cádiz para la realización de diferentes tallas. Finalizado este encargo, se trasladó junto con su familia a Madrid. Allí sus figuras de barro empezaron a ganar fama y a decorar muchos oratorios de los palacios nobles. Hasta tal punto ganó en fama y en prestigio que en 1692 fue nombrada escultora de cámara del rey Carlos II, un privilegio reservado a muy pocos hombres y a ninguna otra mujer de la historia de España (excepto el caso no oficial de Sofonisba Anguissola).

Luisa Roldán, Ecce Homo, 1684, Catedral de Cádiz.

Luisa Roldán, Ecce Homo, 1684, Catedral de Cádiz.

Luisa Roldán, San Germán, 1687, Catedral de Cádiz

Luisa Roldán, San Germán, 1687, Catedral de Cádiz.

Luisa Roldán, San Servando, 1687, Catedral de Cádiz

Luisa Roldán, San Servando, 1687, Catedral de Cádiz.

Luisa Roldán, Jesús Nazareno, convento de las monjas nazarenas de Sisante, Cuenca

Luisa Roldán, Jesús Nazareno, convento de las monjas nazarenas de Sisante, Cuenca.

El Jesús Nazareto es la mejor pieza de la escultora. Obra encargada por Carlos II como regalo al papa Inocencio XI. Lamentablemente, este falleció antes de que le fuera enviado (en 1698). Actualmente está en el convento de las monjas nazarenas de Sisante (Cuenca).

Sin embargo, la crisis que azotaba el antes poderoso imperio español hizo que su situación no fuera tan deseable como puede parecer en un primer momento. Luisa Roldán no siempre conseguía cobrar por las obras que realizaba para los nobles y el cargo que ostentaba en la corte era más honorífico que otra cosa, pues raramente fue retribuida por él. Así, a pesar de todo su prestigio vivió sumida en la pobreza. Aunque podría haber regresado a Sevilla y solicitar la ayuda de su padre, que en ese momento regentaba el taller más importante de la ciudad y uno de los más relevantes de España y había conseguido reunir fortuna y poder, Luisa permaneció en Madrid.

Tras la muerte de Carlos II en 1700 y el ascenso al trono del primer Borbón, Felipe V, Luisa solicitó recuperar de nuevo su cargo, el cual le fue concedido a finales de 1701. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de desarrollar su arte dentro de la corte francesa, pues falleció poco después, hacia 1704, sumida en la miseria.

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