Cuando echamos un vistazo a la historia del arte con frecuencia descubrimos alguna obra de arte, artista o periodo que nos llama profundamente la atención. A veces es simplemente porque admiramos la belleza de la obra creada o el ingenio del artista; otras veces, sin embargo, es porque nos da la sensación de que ese arte no encaja del todo en su contexto y destaca de todo lo que lo rodea por tener una concepción muy diferente.

Este arte, viéndolo desde la actualidad con perspectiva histórica, nos parece adelantado a su tiempo y con un aire de modernidad que no se corresponde con su datación. Y es precisamente por esto por lo que nos atrae con fuerza y nos sentimos identificados con él. A continuación señalaremos algunos de estos momentos y de estos artistas que han surgido a lo largo de la historia.

Y tú, ¿qué otros artistas añadirías a la lista?

El periodo de Amarna

akhenaton

Akhenaton, Nefertiti y sus hijas. Neues Museum, Berlín. Dinastía XVIII.

El primero de ellos no se trata de un artista en concreto, sino de un periodo histórico que coincide con el gobierno del faraón egipcio Akenatón. Cuando Amenofis IV llegó al poder hacia el 1360 a. C., inició una serie de profundos cambios en el país. Así, por ejemplo, cambió el culto religioso tradicional por el del dios Atón, construyó una nueva capital (Aketatón, conocida ahora como Tell-el-Amarna) y cambió su nombre (Amenofis) por el de Akenatón. Pero esta revolución no fue solo dentro del ámbito de la religión y la política, sino que también afectó al campo artístico.

El arte del periodo de Amarna se caracteriza principalmente por representar al faraón y su familia con anatomías casi deformes: cráneos alargados, labios gruesos, cuellos estilizados, mentones prominentes, cuerpos excesivamente delgados… Todo esto supuso el abandono de los cánones idealizados con que se habían representado hasta entonces los miembros de la familia real. ¿Se trata, en este caso, de un arte realista que los representa tal cual eran? Se ha especulado con la posibilidad de que así fuera y de que las prácticas endogámicas que se llevaban a cabo en el seno de la familia real acabaran por deformar sus cuerpos. Sea como fuere, lo importante del hecho es por qué se hizo: quizás fue solo un cambio llevado a cabo para desmarcarse de las prácticas tradicionales (tal y como el faraón estaba haciendo en otros ámbitos) o quizás formaba parte de una nueva iconografía que pretendía distinguir las imágenes de los dioses en la tierra (el faraón y su familia) del resto de los mortales.

Este arte, sin embargo, sobrevivió durante un periodo muy corto que coincidió con el gobierno de Akenatón. Tras su muerte y ya durante el reinado de su hijo, Tutankamón, se inició un proceso de restauración y vuelta a las viejas costumbres: se volvió a los antiguos cultos religiosos, se abandonó Tell-el-Amarna, el arte regresó a las imágenes idealizadas de los faraones… Además, Akenatón fue objeto de un proceso de damnatio memoriae, por lo que muchas de sus imágenes fueron destruidas.

El Bosco

Jardin de las Delicias

El Bosco, El Jardín de las Delicias. Museo del Prado. 1500-1505.

Cuando nos enfrentamos a un cuadro de este pintor flamenco del siglo XV siempre nos sorprende la fecunda imaginación del artista y su modo de tratar los temas. De hecho, su mundo cargado de seres imaginarios nos recuerda las obras surrealistas que se crearon a principios del siglo XX. Pero ¿en verdad tienen algo en común? Lo cierto es que no mucho. Aunque a primera vista ambos mundos imaginarios parezcan muy cercanos, realmente los procesos que llevaron a los artistas a crearlos están muy lejos de parecerse.

Por un lado, el Bosco creó estos mundos guiándose por la fe religiosa. A pesar de que a veces cueste interpretarlos, sus cuadros tratan temas devotos –los mismos temas que trataban artistas contemporáneos– aunque con una personalidad propia. Muchas veces es el deseo de plasmar los pecados del hombre y su decadencia, así como los infiernos y los demonios (como en El jardín de las delicias), lo que lo lleva a recurrir a esos mundos habitados por infinidad de seres imaginarios.

Por otro lado, los surrealistas lo que buscaban era plasmar en el lienzo el subconsciente del hombre. Recurrían a diversas técnicas (pintura automática, interpretación de los sueños, etc.) para deshacerse de su parte consciente y así liberar su subconsciente. De este modo, las asociaciones imposibles de sus cuadros no son más que la búsqueda del mundo interior alejado de la racionalidad.

Sin embargo, aun sabiendo que los cuadros del Bosco tratan temas religiosos, no por eso nos atraen menos que aquellos realizados por los artistas surrealistas en el siglo XX.

Pinturas negras de Goya

Saturno devorando a su hijo

Francisco de Goya y Lucientes, Saturno devorando a un hijo. Museo del Prado. 1820-1823.

Aunque toda la obra de Goya destaca por adelantarse a su tiempo, lo cierto es que la máxima expresión de este rasgo se da en la serie de Pinturas negras. Se trata de la serie de pinturas que realizó directamente sobre los muros de la Quinta del Sordo (entre 1819 y 1823) y que están cargadas de modernidad y de originalidad. Quizás porque Goya las realizó sobre las paredes de su propia casa, para sí mismo y lejos de las miradas de extraños, el artista dejó fluir su ingenio aquí con más fuerza que en otras obras hechas por encargo. Son pinturas que huyen del academicismo y que, habitadas por seres extraños y monstruosos, tratan temas de la noche, la brujería, la violencia… Son pinturas, en definitiva, que se alejan de aquello que era “lo correcto” y que nos dejan ver el genio de un artista en todo su esplendor. Tal vez sea esta la razón por la cual esta serie llama nuestra atención con fuerza.

Estos son solo algunos ejemplos de esos momentos especiales que nos ha dejado la historia del arte.

Y para ti, ¿cuáles son? ¡Cuéntanoslo!

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(*) Imágenes: Wikimedia Commons. Creative Commons License.