mujer infierno bosco

El Bosco, Detalle del Jardín de las Delicias, 1500-1505, Museo del Prado, Madrid.

A lo largo de los siglos la situación de la mujer no experimentó muchos cambios; a pesar de las pequeñas variaciones temporales y territoriales, podemos afirmar que en esencia permaneció igual hasta la llegada del siglo XX. A diferencia de los varones, que iban adquiriendo derechos a medida que crecían y alcanzaban la mayoría de edad, las niñas permanecían siempre bajo la tutela del pater familias, el marido o algún otro familiar o tutor en caso de viudedad u orfandad. Las mujeres eran, por tanto, como eternas menores siempre al cuidado de un hombre. Dicha situación se basaba en el principio de la inferioridad femenina, cuya teoría venía de lejos y era recogida por numerosos filósofos y teólogos (como, por ejemplo, San Pablo o incluso la misma teoría de la Creación).

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Las mujeres eran, por tanto, como eternas menores siempre al cuidado de un hombre.

En el caso de las mujeres de clase alta, sus dos únicas opciones posibles en la vida eran el matrimonio o la vida religiosa. No era concebible que una mujer permaneciera soltera por voluntad propia si no era porque había decidido entregar su vida a Dios. Aunque, en la mayoría de los casos, la elección no era personal, sino que eran los padres los que decidían el futuro de sus hijas, muchas veces usándolas como peones para establecer alianzas sociales y económicas entre familias.

El matrimonio era una cuestión primordial -en todos los niveles sociales- que ponía en juego la honorabiliad de la familia. Un ajuar lujoso y una dote importante eran asuntos fundamentales. La dote era, en principio, una garantía para la esposa, ya que ese dinero le pertenecía a ella, al igual que los bienes que hubiese podido adquirir por herencia. Así, en caso de viudedad o de anulación del matrimonio ese patrimonio le sería entregado y, además, podía disponer libremente de él en su testamento; si la mujer fallecía antes que el marido, el dinero debía ser devuelto a la familia de ella. Sin embargo, a la hora de la verdad la cosa no estaba tan clara. La legislación impedía a las mujeres administrar su propio patrimonio, de modo que eran sus maridos quienes lo gestionaban y tenían la libertad de invertirlo y ahorrarlo o bien de dilapidarlo y dejar a la mujer sin nada. Durante el Renacimiento, el tema de la dote se convirtió en algo de gran importancia y las dotes alcanzaron cifras tan altas que los progenitores comenzaban a ahorrarla tan pronto como sus hijas venían al mundo.

La legislación impedía a las mujeres administrar su propio patrimonio, de modo que eran sus maridos quienes lo gestionaban.

La vida religiosa ¿pobreza o salvación?

Por todas estas complicaciones que conllevaba el matrimonio, era frecuente que las hijas menores de las familias importantes acabaran destinadas a la vida religiosa. Aunque para ingresar en una orden religiosa también era necesario entregar una dote -precisamente para evitar que las niñas fuesen abandonadas directamente en los conventos, según la versión oficial de la Iglesia-, esta solía ser bastante menor. Es justo decir que en este asunto también influia la fuerte religiosidad que imperó durante siglos y según la cual entregar familiares a la Iglesia ayudaba a la salvación eterna. Por eso, no solo las hijas de alta cuna acababan en los convetos (por lo general las clases pobres no eran admitidas), sino que muchas viudas también acababan recogiéndose en esas sociedades femeninas, aunque sin la obligación de tomar los votos.

Es cierto que muchos hombres acababan también entregando su vida a Dios, pero también es cierto que las posibilidades de los hombres y las mujeres dentro de la Iglesia distaban mucho de ser iguales: mientras ellos podían desarrollar una auténtica carrera dentro de la vida pública y política, y conseguir poder y grandes lujos, ellas estaban condenadas a una vida de subordinación y pobreza siempre bajo el control de alguna autoridad masculina.

Siguiendo los preceptos de San Pablo:

Las mujeres deben permanecer calladas en las iglesias, pues no les correponde a ellas hablar, sino vivir sometidas, como dice la Ley.

Las mujeres no pudieron ser sacerdotisas, ni alcanzar ningún puesto relevante, ni siquiera predicar. A las mujeres que se entregaban a Dios tan solo les quedaba la vida en el claustro.

Durante mucho tiempo los monasterios fueron dúplices, es decir, que acogían a la vez congregaciones femeninas y masculinas: separados en diferentes edificios, convivían dentro del mismo recinto. Se establecía entre ellos un intercambio en el que ellos ofrecían protección a las muejeres en épocas violentas y ellas y sus sirvientas se encargaban de diferentes tareas (alimentación, tejido, bordado, pesca, elaboración de bebidas, etc.). Sin embargo, esta situación, que en principio podría haber sido beneficiosa para ambos bandos, acabó siendo el marco perfecto para el control de las monjas por parte de sus compañeros. Su papel en el culto se fue limitando cada vez más, hasta el punto de no poder acercarse al altar ni tocar los elementos litúrgicos; se les prohibió hacerse cargo de los pobres y enfermos del sexo opuesto… hasta que finalmente los abades lograron tener bajo su control la gestión de las dotes de las monjas (que tras su muerte pasaban a ser del monasterio), así como de los bienes otorgados por fundadores y donantes.

A pesar de que a lo largo del siglo XII los monasterios dúplices fueron desapareciendo y empezaron a surgir fundaciones exclusivamente femeninas, las cosas ya estaban establecidas de tal modo que las comunidades femeninas apenas tenían libertad. Estas quedaron bajo el control de los abades y priores de sus órdenes, de los obispos de sus diócesis y de los confesores que las controlaban a diario. Finalmente, la bula Periculoso del papa Bonifacio VIII (1293) prohibió a cualquier monja salir del convento bajo ningún pretexto sin permiso del obispo. La clausura, que siempre se había tomado con cierta flexibilidad, se fue haciendo cada vez más estricta, hasta llegar a la imposición total en el siglo XVI con la Contrarreforma y el Concilio de Trento.

Sin embargo, a pesar de lo que pueda parecer en un primer momento, la opción de la vida religiosa no era la peor: frente a una vida de sometimiento a un marido y bajo la obligación de esposa de procrear incesantemente, la vida en una comunidad religiosa les ofrecía cierta libertad e independencia, así como la posibilidad de desarrollar una vida intelectual y creativa. Especialmente durante la Edad Media, la vida intelectual quedó relegada al ámbito religioso y, en contra de la creencia tradicional que la limita al ámbito masculino, las comunidades religiosas femeninas también jugaron un papel muy importante en la conservación y el desarrollo del saber. Es más, fuera del ámbito religioso y entre las clases más altas, las mujeres tuvieron un acercamiento a la cultura mucho mayor que el de los varones: mientras ellos solo se preocupaban de la guerra y la caza y despreciaban todo lo demás, muchas mujeres aprendieron a leer para tener acceso a los libros de devoción y recibieron cierta educación para hacer de ellas mejores esposas.

La vida urbana

El cambio llegó cuando, durante el siglo XII, empezó a desarrollarse la vida urbana y empezaron a surgir las primeras universidades. Esto supuso la salida del saber del ámbito religioso y su extensión a otros sectores de la sociedad. Pero como el acceso de la mujer a la universidad quedó vedado durante siglos, la mujer se fue alejando del ámbito cultural y fue quedando relegada al ámbito doméstico.

A diferencia de las mujeres de alta cuna, las mujeres pertenecientes a las clases más bajas contribuian a la economía familiar con su trabajo. La idea de que la mujer nunca ha trabajado viene de su situación en el siglo XX, ya que durante el resto de la historia la mujer desarrolló actividades profesionales, a las que siempre había que sumar las tareas del hogar y de la crianza. En el caso del campesinado, ellas cultivaban la tierra igual que sus maridos. Era frecuente que las jóvenes de las clases más bajas acabaran sirviendo en alguna casa rica, generalmente a cambio de un sueldo mísero -mucho más bajo que el de sus compañeros varones- y que muchas veces no le era entregado hasta que no abandonaban la casa para casarse a modo de dote (eso si no las habían echado antes sin darles nada a cambio, con lo que acababan condenadas a la prostitución y a la mendicidad).

Acababan condenadas a la prostitución y a la mendicidad.

En el mundo urbano, las mujeres participaban de casi todas las actividades profesionales y artesanales (sobre todo la industria textil, pero también zapateros, orfebres, herreros, maestros, trabajadores del cuero, etc.). Aunque podían llegar a ser admitidas como maestras en muchos gremios profesionales, es cierto que no accedían a los cargos de responsabilidad de los gremios. A partir del Renacimiento, con el desarrollo urbano y del despuntar de los procesos de industrialización, la mujer fue quedando poco a poco relegada a los puestos más bajos y peor retribuidos de cada profesión.

Aunque la situación fue más o menos semejante a lo largo de la historia, es cierto que hubo diversos cambios según las épocas y los lugares. Así, por ejemplo, durante el Humanismo y especialmente en Italia, surgió una preocupación por la educación de los hijos que afectó también a las jóvenes y muchas se convirtieron en mujeres cultas. Por el contrario, durante el Barroco y sobre todo en la España del siglo XVII, los principios de la Contrarreforma constriñeron todavía más a la mujer, que se tuvo que someter al encierro doméstico, el recato, la incultura… ya que cualquier mínimo signo de lo contrario se veía sospechoso y ponía en riesgo su honor.

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