Hildegarda de Bingen

Hildegarda de Bingen teniendo una visión, Liber Scivias.

Durante la Edad Media tenemos que tener en cuenta que la figura del artista no existía todavía. Esta empieza a surgir a partir del Renacimiento y, hasta entonces, los creadores eran considerados artesanos. Como todavía no existía esa creencia en la genialidad individual, muchas obras no eran firmadas y son pocos los artistas conocidos (tanto hombres como mujeres) de esta época.

Tan solo cabe destacar que, a diferencia de lo que se suele creer habitualmente, las monjas también trabajaban en los scriptoria de los conventos, copiando e iluminando manuscritos igual que sus compañeros varones. Testimonio de este hecho es, por ejemplo, la firma que deja la monja Ende (“Ende pintrix“: Ende pintora) en el Beato de Gerona. Poco se sabe de este manuscrito. Según parece, el beato fue iniciado el año 970 y acabado el 975; su ilustración fue realizada bajo la dirección de Ende con la colaboración del copista Senior y del presbítero Emeterio; y se hizo por encargo de un abad llamado Domingo. Aunque desde 1078 pertenece a la catedral de Gerona, fue realizado en un scriptorium leonés, que se supone que fue el del desaparecido monasterio de San Salvador de Tábara (destruido en 988 por Almanzor).

El beato tiene un gran valor artístico, tanto por su buen estado de conservación como por el alto número de ilustraciones que contiene, así como por la gran calidad de las mismas. Iniciador del estilo IIb, el Beato de Gerona muestra una policromía exuberante y figuras vigorosas. La búsqueda del volumen y del naturalismo, la esbeltez de las figuras y los plegados de las telas anticipan el arte Románico. Destaca, asimismo, el esfuerzo por caracterizar cada uno de los personajes, que no solo aparecen identificados con su nombre, sino que además son personalizados por sus fisionomias y por los objetos que los acompañan. Entre estos personajes podemos encontrar el primer retrato español del apóstol Santiago.

Pero, a parte de este caso particular, muy pocas son las artistas conocidas. Por eso, en esta época no vamos a destacar a una mujer artista como tal, sino a una gran pensadora e intelectual, autora de numerosos libros y composiciones musicales.

Hildegarda de Bingen (1098,Bemersheim-Bingen,1179)

Hildegarda nació en 1098 en la aldea de Bemersheim, en el Palatinado, décima y última hija de una familia noble. A pesar de que era una niña enfermiza y débil, Hildegarda vivió hasta los 81 años, cosa muy extraña teniendo en cuenta que la mayoría de las mujeres de la época no llegaban a los 40. Desde muy joven Hildegarda comezó a tener visiones místico-religiosas, quizás causadas por la debiliad que le provocaban sus enfermedades, la mala alimentación y las hierbas medicinales que consumía para combatir sus males. En 1106, con tan solo ocho años, fue ingresada en el monasterio de Disibodenberg, un rico monasterio dúplice de la orden benedictina, y con 14 años tomó los hábitos. Poco se sabe de su formación en el convento, que corrió a cargo de la abadesa Jutta von Sponheim.

Hildegarda de Bingen

Hildegarda de Bingen, Coro de Ángeles, Liber Scivias.

Su fama comieza cuando contaba con 38 años, momento en el que Jutta von Sponheim fallece e Hildegarda la sustituye como abadesa. En ese momento, y con ayuda del monje Volmar, que será su secretario y copista, Hildegarda comienza a escribir su primer libro sobre sus visiones, Scivias (Conoce los caminos). Pero semejante osadía en una mujer no fue bien acogida, a pesar de que ella ya había previsto esta reacción y en el prólogo de su libro se justificó diciendo que era la propia voz divina la que le había pedido que transmitiera su palabra. Kuno, el abad del cenobio masculino de Disibodenberg, fue quien la delató. Sin embargo, el propio papa Eugenio III, tras haber realizado la correspondiente investigación, aprobó su iniciativa y la animó a continuar. El apoyo del papa y la fama de sus escritos la convirtieron en uno de los personajes más influyentes de la cristiandad. Reyes, emperadores, obispos, papas y abades acudieron a ella como consejera.

Todo esto le permitió independizarse del monasterio masculino y crear un cenobio exclusivamente femenino para ella y sus compañeras, lejos del control de los hombres. Evidentemente esto no fue bien visto por Kuno, quien veía en este cambio grandes pérdidas: el trabajo de las monjas, sus dotes y los peregrinos que la fama de Hildegarda había comenzado a atraer. En 1150 se instaló, junto con 20 religiosas, en el monasterio de Bingen. Entonces comenzó a desarrollar un controvertido programa litúrgico propio basado en la estética, que embellecía el espacio de sus rezos y los cuerpos de las monjas, y que contaba con coreografías, representaciones teatrales y música.

A pesar de que a la mujer no se le permitía cantar en la iglesia (llevando al extremo el principio de que debían permanecer calladas), en el caso de monasterio femeninos sí que se podía, pues el canto era una parte fundamental de la liturgia. La música jugó un papel fundamental dentro de las liturgias de Bingen y ahora Hildegarda es recordada, entre otras muchas cosas, por sus composiciones musicales. Se conservan 77, entre las que destacan algunos ciclos de cantos como Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestes o el Jardín de las virtudes. A pesar de que todas sus obras se enmarcan dentro de la monodia medieval, contienen un estilo propio, más fluido y variado que el canto gregoriano tradicional.

Hildegarda de Bingen

Hildegarda de Bingen, el Hombre Universal, ilustración del Liber Divinorum Operum.

Hildegarda, además, continuó con sus escritos sobre sus visiones. En 1160 acabó Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida) y en 1174 Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas). A pesar de que son libros cargados de metáforas y de imágenes incomprensibles en la actualidad, dejan entrever un profundo conocimiento por parte de su autora tanto de la teología como de la filosofía, desde sus orígenes hasta su momento.

En otras obras, sin embargo, Hildegarda demuestra su conocimiento sobre el mundo real. Physica (cuyo título original era Los nueve libros de las sutilidades de las diversas naturalezas de las criaturas) y Causae et curae son, respectivamente, un tratado de ciencias naturales y un tratado medicinal (que una mujer se dedicara a la medicina no era tan extraño, pues muchas veces eran ellas las que estaban al cuidado de los enfermos).

Hildegarda fue una mujer muy inteligente y astuta, que supo esconder su talento para evitar la ira de los hombres. Siempre se definió a sí misma como una pobre ignorante que había sido elegida por Dios para transmitir su palabra. Huyó así de la idea de que se había vuelto loca, cosa que según san Jerónimo le ocurría a las religiosas que estudiaban demasiado, o de que se rebelaba en contra del silencio impuesto a las mujeres: simplemente era un regalo divino. Hildegarda falleció en 1179 y poco tiempo después se inició un proceso de canonización que, sin embargo, nunca concluyó.

(*) Imágenes: Wikimedia Commons. Public Domain.