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Nave central de la iglesia de San Francisco el Grande con obras del Museo del Prado.

Desde Croma Comisarios Culturales nos gustaría invitaros a que conozcáis la odisea que vivió el Museo del Prado y los fondos artísticos que alberga, durante la Guerra Civil española, un capítulo muy interesante de la historia cultural reciente de nuestro país.

Para ello vamos a escribir una serie de post en torno a este tema. En nuestros escritos también nos gustaría reconocer el trabajo del Gobierno de la República y homenajear a los miembros de la Junta de Protección del Tesoro Artístico y a todos los hombres y mujeres que participaron en la protección y traslado de las obras artísticas, no sólo del Museo del Prado sino de otros museos importantes.

En un momento en el que la reivindicación de la “Memoria Histórica” está de plena actualidad nos gustaría, como historiadores, poner nuestro granito de arena para dar a conocer esta historia y la actuación del gobierno republicano y de los funcionarios del Prado. Gracias a ellos las obras de arte no fueron destruidas.

El Museo del Prado es más importante que la República y la Monarquía juntas
Manuel Azaña

El Museo del Prado antes del traslado

La violencia irracional desatada en la guerra se abatió desde los primeros momentos sobre el patrimonio artístico. En la zona republicana numerosas iglesias y conventos fueron incendiados y saqueados (veían en los edificios religiosos la opresión secular de la Iglesia, que apoyaba el pronunciamiento militar), en una toma de poder de las masas populares. Fueron confiscados una serie de edificios pertenecientes a la Iglesia y la nobleza.

El 23 de julio de 1936 (sólo cinco días después del Golpe de Estado) se creaba, a iniciativa de la Alianza de Intelectuales Antifascistas) la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, dependiente de la Dirección General de Bellas Artes.

El objetivo es “intervenir con amplias facultades cuantos objetos de Arte, o históricos y científicos se encuentren en los palacios ocupados para su protección y traslado a los museos y edificios culturales del Estado”.

En agosto, la formación de un nuevo gabinete de Gobierno nombra a Josep Renau (cartelista valenciano perteneciente al Partido Comunista) Director General de Bellas Artes y se decide la centralización de la actividad protectora del tesoro artístico. Se llevará a cabo una importante campaña propagandística en radio, prensa, a través de carteles (diseñados y colocados por los propios alumnos de Bellas Artes), conferencias, manifiestos de artistas e intelectuales, etc., para concienciar a la población de la necesidad de respetar y proteger las obras de Arte. (Ejemplo: carteles con el lema: “¡No veas en una imagen religiosa más que Arte! Ayuda a conservarlo”).

Según Carmen Caamaño, miembro de la Junta Delegada de Madrid, las emisiones de radio tuvieron una gran repercusión para que los ciudadanos “se dieran cuenta de que los objetos tenían valor y se respetaran como patrimonio de todos. Ocurrieron cosas muy curiosas como que las gentes de los pueblos llevaban a la Junta a veces objetos artísticos de cierto valor, para intentar asegurar su conservación y protegerlos de los bombardeos y otras veces llevaban santos espantosos que no tenían el menor valor. La gente contestó volcándose ante la llamada del Gobierno”.

Los nuevos nombramientos de Picasso como Director del Museo del Prado (cargo del que nunca llegó a tomar posesión y fue más bien una estrategia propagandística), de Rafael Alberti como Director del Museo Romántico y de Menéndez Pidal como Presidente del Consejo Nacional de Cultura, venían a completar esta labor de prestigio y propaganda de la nueva política cultural.

El 5 de abril de 1937 se crea la Junta Central del Tesoro Artístico presidida por Timoteo Pérez Rubio, figura clave en todo el proceso de protección y evacuación del Patrimonio artístico durante la Guerra. La Junta, tiene una estructura piramidal, con juntas provinciales y locales que se extendieron por todo el territorio republicano. Su programa consistía en el reagrupamiento de las obras de arte procedentes de museos, iglesias y también colecciones privadas, con el fin de salvar los tesoros artísticos de la España republicana y evitar que corrieran riegos de destrucción, robo o deterioros. La Junta Central organizó en Madrid (en el Museo del Prado, en el Museo Arqueológico y en la Iglesia de San Francisco el Grande) enormes depósitos de obras procedentes de distintos puntos de la geografía española.

Aunque el Museo permaneciese cerrado al público el taller de restauración funcionó a pleno rendimiento durante toda la guerra. Hubo importantes restauraciones como las de los Grecos de Illescas, muchas obras fueron acondicionadas para su evacuación. El taller también cumplía la labor de redactar informes sobre la conservación de las obras y su estado a la hora de poder afrontar el traslado sin que peligrasen. Informes que Sánchez Cantón utilizó como defensa a su alegato en contra del traslado a Valencia.

Una figura muy importante será Manuel de Arpe, restaurador del Museo del Prado que fue la única persona de la institución que acompañó la expedición del tesoro artístico.

En los últimos meses del año 36 y comienzos de 1937 la capital se encontraba prácticamente cercada y los bombardeos eran sistemáticos, llegando a afectar e incluso dañar gravemente y destruir muchos monumentos (iglesia de San Sebastián, Palacio de Liria – cuya importante colección artística pudo salvarse gracias a una precipitada evacuación-, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Palacio Real, Biblioteca Nacional, Museo Arqueológico Nacional). Pero si se evitaron daños mayores fue gracias a la adopción de unas precarias aunque eficaces medidas de protección llevadas a cabo por la Junta: construcción de muros de ladrillos, revestimiento con un armazón de madera relleno de arena, sacos terreros. Como ejemplos podríamos citar la fuente de Cibeles, Neptuno, la fachada del Café Madrid, etc.

El 16 de noviembre de 1936 el Museo del Prado (cerrado al público desde el 30 de agosto) sufrió un bombardeo, a pesar de las bengalas que señalaban su situación y su carácter aislado y casi sagrado de su contenido. Nueve bombas incendiarias cayeron en el Museo además de otras en los alrededores y tres bombas de gran potencia en el Paseo del Prado (según José Lino Vaamonde). En cuanto a las obras que albergaba el Museo sólo hubo que lamentar la destrucción de un altorrelieve de Agostino Busti y los daños materiales (rotura de cristales, marcos de puertas desencajadas, bisagras y herrajes rotos) se debieron sobre todo a las bombas explosivas del Paseo del Prado.