Aparte de las excelentes obras que albergan los Museos Vaticanos, estos también ofrecen un interesante recorrido por la historia de la museografía. Por lo tanto, los estudiosos y los aficionados a los museos podemos encontrar un amplio catálogo de formas de exponer, desde las formas más abigarradas hasta otras más creativas propias de las últimas décadas del siglo XX.

En este post vamos a analizar aquellos elementos que todos vemos pero sobre los que, quizás, no nos detengamos a pensar mientras recorremos las salas contemplando las obras.

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Entrada y salida

En primer lugar hay que destacar el sistema de entrada a los museos. A pesar de las largas colas que se forman ante su puerta, y de las que ya hemos hablado en el post 10 Consejos para disfrutar de los Museos Vaticanos, la velocidad con la que la gente pasa por ella es admirable.

Primero hay que pasar por una puerta giratoria y un arco de seguridad, que puede ser lo que más ralentice el ingreso, pero tras estos la cola se diluye entre las numerosas taquillas que están a disposición del visitante.
Una vez dentro un gran hall nos da la bienvenida y nos permite acceder al guardarropas o bien ascender por una escalera mecánica buscando los diversos museos o capillas que queramos ver.

Al final de esta escalera encontraréis una señal que os orientará. Estas son muy claras y tan solo tendréis que seguir la dirección que os indique la flecha. También podréis ir desde este punto a los servicios, al bar o al restaurante y a un pequeño jardín desde donde podréis contemplar la cúpula de la basílica vaticana.

En cuanto a la salida también podemos admitir que está bien gestionada. Antes de abandonar los museos siempre podréis comprar un recuerdo o alguna publicación editada por ellos en el gran vestíbulo-tienda. En el recorrido también hay otras tiendas pero os recomiendo que esperéis hasta el final para no ir cargando con una bolsa todo el recorrido.

En este momento también podréis escribir una postal a vuestros amigos o familiares y enviarla desde la Posta Vaticana, el servicio de correos de este estado.

Para concluir esta visita el marco es incomparable. Tendréis que bajar por una escalera de caracol, la llamada Escalera Simonetti. Pero antes de bajarla fijaos bien en cómo está construida y en el transitar de las personas. A poco que seáis buenos observadores veréis que esta escalera tiene dos tiros en vez de uno.

Museo Gregoriano-Egipcio

De este museo, fundado también por el papa Gregorio XVI, hay que destacar las primeras salas, ya que en el resto su museografía no es innovadora y las obras se exponen en vitrinas y pedestales como en cualquier museo arqueológico.

En ellas, podemos recordar las period rooms, una forma expositiva que se originó con las primeras exposiciones universales y que consiste en reconstruir ambientes. En este caso se ha reconstruido el Serapeo de Villa Adriana utilizando para ello las piezas que la colección tiene de este espacio.

Museo Gregoriano-Etrusco

El museo surge cuando a la colección existente se le une la segunda parte de la colección Guiglielmi, adquirida en 1988. El gran número de piezas con la que se contó en ese momento hizo ver la necesidad de dotar a la colección de un nuevo espacio expositivo.

Para solventar esta carencia se decidió rehabilitar algunas salas del Palacete de Inocencio VIII en tres fases para no tener la totalidad del museo cerrado. En estas intervenciones se restauraron y respetaron las pinturas al fresco y el museo pudo ser inaugurado en su totalidad en 1996.

La solución para exponer obras de diversos tamaños en salas históricas pasó por instalar diversas vitrinas y peanas, por lo que no podemos decir que se innove en cuanto a museografía. Sin embargo, algo importante tiene este museo que es digno de admiración: el respeto al criterio expositivo histórico.

El museo etrusco siempre ha expuesto sus obras por materiales, y esto se ha respetado en las últimas intervenciones. De este modo podremos seguir encontrando la sala de bronces, de terracotas, de orfebrería… a las que se han añadido otras con las colecciones recientemente adquiridas.

Museo Pío-Clementino

Fue el germen de los museos. Se creó en 1771 por el papa Clemente XIV para albergar la colección de escultura desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, por lo que aumentó el número de obras en tiempo de su sucesor Pío VI.

Hoy el museo se ha dividido en diversas secciones y sus salas forman parte del Museo de Antigüedades Clásicas (junto con el Museo Chiaramonti, el Braccio Nuovo y el Museo Gregoriano Profano) y su recorrido se hace en dirección contraria al que tuvo en origen.

Su museografía corresponde, en su gran mayoría, a la de siglos anteriores. Igual que ocurrirá con el Museo Chiaramonti y el Braccio Nuovo, muchas de sus obras se ven de forma abarrotada, como ocurre en la Galería de Animales, o formando parte de la arquitectura de la sala, como en la rotonda, donde se ha creado un panteón de dioses, o en la sala octogonal, donde Julio II mandó colocar algunas de las esculturas más importantes como el Laocoonte o el Apolo del Belvedere (donde continúan en la actualidad). De este último espacio tan solo se ha modificado su espacio en el siglo XVIII, cuando adquirió su forma octogonal.

Museo Chiaramonti

Su creación se realiza tras el Congreso de Viena (1815) por el que Francia se ve obligada a devolver las obras expoliadas al Vaticano. Su nombre viene del apellido del Papa Pío VII, bajo cuyo papado se inaugura el museo.

Uno de las personas que tuvo una mayor influencia en este proceso fue Antonio Canova en su labor de diplomático. Posteriormente, fue él mismo quien se encargó de la exposición de las obras. En este largo corredor intentó aunar la pintura, con frescos donde se representaran la buena actitud del papa con respecto a las artes realizadas por artistas jóvenes de la época, la arquitectura, con los pedestales y estanterías, y la escultura con la propia colección.

Las obras están dispuestas de la manera habitual en el siglo XIX, todas juntas, de forma abigarrada y sin cartelas (las que hay son actuales y no hay muchas). De esta forma no se le daba un espacio más importante a las obras de mayor calidad, sino que se presentaban junto a otras más mediocres para poder establecer comparaciones entre ellas.

Braccio Nuovo

En 1820 se proyecta el Braccio Nuovo como ampliación del Museo Chiaramonti. Su arquitecto fue el italiano Raffaele Stern, pero la obra fue realizada por Pasquale Belli tras el fallecimiento del primero. Las líneas del proyecto son neoclásicas y su decoración fue supervisada por una comisión presidida por Antonio Canova.

El espacio arquitectónico es una galería longitudinal con una exedra en uno de los lados, en consonancia con las galerías palaciegas de siglos anteriores donde ya se exponía escultura. La misma arquitectura de la sala es la que define el espacio expositivo, ya que abre una serie de nichos en las paredes que permiten ubicar las esculturas. La iluminación es cenital, propiciada por claraboyas abiertas en lo alto de las bóvedas.

Museo Gregoriano-Profano y Museo Pio-Cristiano.

Este museo profano fue creado por el papa Gregorio XVI en 1844, y el cristiano por Pío IX en 1854, ambos en el Palacio de Letrán, y no fue hasta la década de 1960 cuando se trasladan al Vaticano. Para albergar estas obras, que van desde Grecia hasta el arte paleocristiano, se creó una nueva zona expositiva encargada a los Passarelli.

La sala es rectangular, dividida en dos plantas y sin apenas separaciones de salas. Se pretendió también adecuar algunos espacios a la forma de las obras que se iban a exponer, como es el caso de la rotonda construida al final de la sala para exponer un mosaico de forma semicircular que se puede contemplar desde la zona superior.

En cuanto a la estructuración de las obras, se realiza a través de estructuras metálicas que permiten la incorporación de soportes y crean un juego de estilos entre antigüedad y modernidad que encaja muy bien y hace destacar las obras sobre la museografía.

La luz es otro de los grandes aliados de este museo, contando con luz cenital, a través de claraboyas, y luz lateral, a través de grandes ventanales, además de la luz artificial que hace destacar más aún las obras.

Esta museografía marcó un hito en la historia de los Museos Vaticanos, y también en la de los museos en general, ya que es una museografía muy polivalente y fácil de articular según las nuevas necesidades que se le puedan presentar al museo y a sus colecciones.

Museo Misionero-Etnológico

Reinaugurado en 2006, fue creado por Pío XI en 1926, también en Letrán, hasta que en 1973 se traslada al Vaticano. El núcleo de su colección tiene su origen en la Exposición Misionera de 1925, además de en donaciones de diversas congregaciones y particulares.

Lo más llamativo de su museografía, organizada en cuatro áreas geográficas, es la división en dos recorridos, uno para el público general, con los objetos más llamativos, y el segundo para estudiosos, con objetos etnográficos.

Tiene una luz más tenue que otros museos y destaca la luz artificial que hace resaltar las obras.

Museo Filatélico – Numismático

Fue inaugurado en 2007 y cuenta la historia del Estado y de sus obras de arte a través de diversas vitrinas donde se muestran las colecciones de sellos y de monedas. El espacio de este museo no es demasiado grande pero viene a solventar el problema de este museo, errático y sin sede fija desde la década de 1980.

Pinacoteca Vaticana y Museo de Arte Religioso Contemporáneo

Su museografía responde a la habitual dentro de un museo de pinturas de finales del siglo XX. Por lo tanto, encontraremos sus obras ordenadas cronológicamente y por escuelas. Tan solo cabe destacar la disposición de los restos de los frescos de Melozzo da Frolí, dispuestos en forma de medio circulo, y las obras de Rafael, como La Transfiguración, en una sala oscura donde destaca la iluminación de las obras.

Como hemos visto los Museos Vaticanos ofrecen otra perspectiva, en este caso, la museográfica, y son un libro abierto para analizar la evolución de la organización de las colecciones y, cómo no, del desarrollo de la forma de exponer dentro de un museo.