Hace unas semanas leía un artículo en el periódico por el que conocí la noticia de que habían expulsado a una familia del Museo d’Orsay por su mal olor. Lo primero que pensé fue que había un error en el título y que la noticia no podía ser cierta, así que decidí abrirla (suelo leer los periódicos por internet) y, tristemente descubrí que no solo era cierta, sino que iba más allá de una simple expulsión de un museo. En este momento no sabía bien qué sentimiento me gobernaba, lástima, rabia, horror…

Fuera cual fuera, al ir profundizando en la noticia más me entristecía lo que había ocurrido. En primer lugar la familia en sí es una familia pobre, pero además, en esta visita iban con sus hijos menores de doce años y acompañados por una voluntaria del Movimiento ATD Cuarto Mundo que trabajan con familias desfavorecidas.

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En este momento me pregunté qué impresión se pudo llevar esta familia de un museo, y más aún, qué impresión se pudieron llevar aquellos niños. Pero continué leyendo y lo que más me enervó fue que fueron los propios visitantes del museo los que presentaron la queja sobre su mal olor y las molestias que les estaba causando. Se encontraban en la sala donde se exponen los Van Gogh, decidieron irse a otras donde hubiera menos gente, pero aun así, fueron “invitados” a abandonar el edificio. Ahora la pregunta era distinta: ¿qué pensaría esa familia de aquellas personas?

Pero fui más allá en mis pensamientos y me dediqué a pensar qué hubiera hecho yo si estuviera en lugar de estos egoístas visitantes. ¿No hubiera sido más lógico que si me molesta el olor de una persona me retire discretamente? Pero, por supuesto, un olor así no tiene cabida en una institución de la talla del Museo d’Orsay según algunas personas. ¿Quizás no sea el sitio de los pobres y de los que no tienen recursos para poder acceder a una higiene diaria? Nada más lejos de la realidad.

Los visitantes del museo, sobre todo los visitantes prejuiciosos con otras personas con menos recursos que los visiten, deben dejar de un lado la idea del museo como edificio de recreo elitista para una pequeña parte de la sociedad media-alta donde tan solo unos pocos pueden disfrutar de las obras de arte. Es más, hay que invertir esta idea para que el museo sea accesible a todas las personas independientemente de su situación o estatus social.

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Museo de Orsay, París.

Es cierto que se ha avanzado mucho en cuanto a la apertura de los museos con actividades, talleres, programas culturales y educativos… y no solo para adultos, sino que cada vez más son los niños quienes son el centro de atención de estas actividades. Pero es hora de hacer autocrítica y analizar quiénes son los asistentes, ¿acaso no suelen ser, en su gran mayoría, personas de los estamentos medios-altos de la sociedad?

El museo, como institución cultural, no puede ser un edificio destinado a exponer unas cuantas piezas de mayor o menor valor para el disfrute, aprendizaje y educación de unos pocos. Esto sería la pescadilla que se muerde la cola: los que pueden ir al museo son aquellas personas con recursos para ello que a su vez llevarán a sus hijos al museo, que desde pequeños se interesarán por actividades culturales y cuando les toque imitarán a sus padres con sus descendientes. Pero, ¿qué ocurre con las familias que carecen de recursos para ir al museo, o simplemente no han tenido una educación que les haya permitido interesarse por ellos ni valorar la cultura y el patrimonio?

El museo tiene que integrarse en su contexto, en el contexto de su sociedad, y aprender que tan solo contando con todos los estamentos que la componen es posible mejorarla. Esto, que a priori parece lógico, funciona muy bien en el mundo anglosajón, donde la comunidad de un museo es una parte fundamental del mismo. Es más, en 1974, la UNESCO añade a su concepto de museo el de “una institución al servicio de la sociedad y su desarrollo”. Por su parte, el ecomuseo pretende hacer una renovación de la idea de museo contando con la comunidad del mismo, aunque no se profundiza demasiado en qué se entiende por comunidad en estos momentos.

Pero con todos los problemas que existen hoy en día no podemos entender comunidad como el grupo de personas que van al museo, sino como el conjunto de personas que conforman la realidad social en la que se inscribe el museo. En este sentido, aunque no es demasiado conocido ni se le da la importancia que tiene en estudios especializados en materias museológicas, se fundó el MINOM (Movimiento Internacional para una Nueva Museología) en 1985 en Lisboa, asociado al ICOM.

Simplemente con leer su filosofía nos hacemos una idea de la importancia que la sociedad puede tener con respecto a los museos:

Help each other, learn from each other’s strategies of using heritage and museums as a tool to combat injustice, to foster development in communities, to foster dialogue. For us, these are not just words, they are part of a project of society, with more solidarity. It is a debate not about organizations or objects, but about people.

Sin embargo, los principios de la Nueva Museología, aunque buenos, han tenido poca repercusión en la realidad de los museos y la mayoría siguen siendo instituciones tradicionales en cuanto a concepción y funcionamiento. No nos llevemos a engaño, un museo puede ser nuevo en cuanto a su fundación, pero el “nuevo museo” sigue siendo un mito.

Las bases están sentadas, y brevemente las podemos resumir en:

  • Democracia cultural: acceso a la cultura para todos a través de las programaciones de actividades de las instituciones culturales y sociales.
  • Inserción del museo en su contexto social y de la sociedad al completo en el museo.
  • Educación y empatía: de la comunidad en cuanto al valor y protección de su patrimonio y de los profesionales hacia el valor de todos los componentes de la sociedad.
  • Distintas lecturas: se deben incluir distintos niveles de información dentro de los criterios museográficos para ayudar a todos a no sentirse excluidos.
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Drassanes Reials, recientemente reinauguradas en el Museu Marítim de Barcelona.

Pero hay luz al final del túnel y es hacia donde debemos caminar. Aunque este artículo puede parecer desesperanzador, no es esta mi idea, sino más bien la de “poner los puntos sobre las ies” y denunciar una realidad que bien debiera ser otra, y también, exponer algunos casos que se deberían imitar porque son ejemplares.

Para analizar el primero de ellos no tenemos ni que salir de España. Es cierto que lo descubrí por casualidad cuando navegaba por su web con motivo de la inauguración de las Drassanes Reiales de Barcelona tras 25 años de restauraciones. Se trata del Museu Marítim de esta ciudad, que en su organigrama cuenta con un Área de Responsabilidad Social. Leer sus objetivos y finalidades hace que, los que nos dedicamos al mundo de los museos, sintamos una verdadera admiración por la labor social que realizan.

Copio los valores en los que se trabaja en esta área del museo y dejo la dirección para que podáis leerlo por completo:

  • Un museo de proximidad con su entorno más inmediato, el barrio del Raval.
  • Un museo vinculado a su ciudad.
  • Un museo accesible, sin barreras por motivos de discapacidad.
  • Un museo social y solidario.

 

queens

Para la otra iniciativa museística-social, por llamarla de alguna forma, nos tenemos que desplazar algo más lejos, al barrio neoyorquino de Queens, y más concretamente a su Queens Museum of Art. Situado en el Flushing Meadows Corona Park, decidió reinventarse a sí mismo al notar la falta de sintonía con el contexto social donde se encontraba, mayoritariamente inmigrante y con altas cuotas de desempleo. Su fórmula es mezclar la cultura con programas sociales de ayuda. La iniciativa Heart of Corona ha realizado festivales comunitarios, editado un libro de cocina, comisariado un mural o renovado casas.

Con dos organizadores comunitarios, tres arte-terapeutas y veinte profesores, hablan nueve idiomas, centran su trabajo en entender, interactuar y atraer a las personas que conforman su comunidad. Desde 2011 han pasado a crear proyectos más ambiciosos y duraderos en el tiempo siempre a través del arte y para su comunidad, contando con artistas que estén dispuestos a colaborar para mejorar la sociedad.

Son tan solo dos proyectos, pero buenos proyectos, que espero que sirvan de ejemplo a muchos otros museos. Por mi parte soy fiel al principio de que un museo cercano al contexto donde se inscribe es capaz de cambiar la sociedad y mejorarla.

Además, en una sociedad en cambio, plural, con altos niveles de inmigración, razas, creencias, y con problemas muy diversos, pasando por el idioma hasta llegar al desempleo o la integración, el museo no puede ser ajeno y dejar esta realidad social para refugiarse en las obras que conserva entre sus muros.

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