La Noche Estrellada

Vincent Van Gogh, La noche estrellada, 1889, MoMA, Nueva York.

¿Por qué vamos a ver la Gioconda en el Louvre, el Guernica en el Reina Sofía o La Noche estrellada al MoMA? Porque las reconocemos, hemos visto reproducciones y versiones, hemos escuchado hablar sobre ellas, es decir, nos resultan familiares y queremos estar por fin frente a las pinturas reales.

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Con los niños sucede exactamente igual, para que sientan interés por una obra de arte, es un requisito casi indispensable que la conozcan de antemano. Normalmente, el trabajo previo a la visita a un museo, ya sea en casa o en el colegio, es fundamental, porque el niño se familiariza con la obra de arte y, al verla en directo y reconocerla, se entusiasma. Como los adultos, pero en una escala diferente.

Antes de la visita

A la hora de preparar una visita a un museo, lo ideal es elegir pocas obras que, por algún motivo, creamos que le va a gustar, interactuar con ellas en casa y luego llevarlo a verlas. Y, por supuesto, las obras que elijas para trabajar con ellas tienen que ser interesantes para el niño. Posiblemente, si es una escena naval, tiene animales, puede reconocer objetos o hay elementos que le llamen la atención, mostrará más curiosidad que frente a un adusto retrato o a un Crucificado.

Las formas de relacionarse previamente con las obras son infinitas y van en función de las preferencias (y del tiempo) de los niños y los padres. Muchos museos tienen cuadernos infantiles descargables que son una buena opción, aunque no son fundamentales, puedes configurar tú mismo el modelo de acercamiento para que se adapte lo mejor posible a los gustos de tu hijo. Lo importante es que interiorice las obras seleccionadas, y para ello lo ideal es que las haga suyas de una manera activa.

Vamos a proponer algunas posibilidades. Por un lado, y con la obra siempre delante, se le puede preguntar qué está ocurriendo en ella, o de forma más pasiva, que sea el adulto el que lo explique a modo de cuento, intercalando preguntas para que participe y condicione el relato. Se puede pedir al niño que la pinte en un folio, completa o algún detalle, que le cambie los colores, que la componga a través de un collage, imprimírsela y que le incorpore otros elementos, que la cubra de algodones, lentejas o lana, podemos hacer un puzzle con la obra impresa y pegada a una cartulina o cartón. Al fin y al cabo, lo que interesa es que la desgrane, porque mientras juega está observándola atentamente, descomponiéndola y volviéndola a componer y afianzándola en su memoria.

Los recordatorios hacen que la información se asiente y se interiorice. Hay muchos estudios que han demostrado que la capacidad memorística de los niños suele ser bastante limitada y fugaz, simplemente porque sus cerebros se están desarrollando. Es muy probable que si dedicas una sola tarde en casa a interactuar con una obra de arte y unas semanas después le llevas a verla, sus recuerdos sean vagos. Mejor el trabajo más constante y no dilatar la visita demasiado el tiempo. Tras ella, es recomendable seguir interactuando un poco más con las obras que ya han visto, para acabar de afianzarlas.

Durante la visita

El día de la visita, es primordial la moderación. No podemos pretender que un niño vea sala tras sala de un museo sin que se aburra, es preferible varias visitas a un mismo museo que pretender recorrerlo completamente en un solo día. Y no hay que olvidarse de los descansos, que son casi tan importantes como la contemplación, pues una mente saturada no almacena más información de una forma clara, sino que tiende a mezclar todo y generar un recuerdo confuso. Todos nos hemos fatigado al visitar un museo, ¿no? Pues imagina un niño.

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Generalmente, se aconseja parar unos minutos y desconectar cada hora de visita, un intervalo de tiempo que para el caso infantil se reduce considerablemente y lo va a marcar el propio niño. Obsérvalo y para antes de que aparezcan los primeros síntomas de agotamiento, ya que hay que evitar que relacione la visita al museo con algún concepto desagradable. Si tiene zonas de descanso, aprovéchalas, sobre todo si hay patios o lugares abiertos donde pueda sentarse o correr, puesto que muchas veces necesitan más actividad física después de tanta contención que descansar. Igualmente, no olvidemos que el museo consume mucha energía, el niño debe hidratarse y tomar algo con azúcares e hidratos, como un sándwich, caramelo o alguna fruta.

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Recuerda que los niños son precisamente eso, niños. Mientras el vigilante de sala lo permita, no pasa nada si se sienta (o tumba) en el suelo mientras recuerda el cuento que creasteis en torno a la obra o si sacas un cuaderno y unos lápices y se pone a dibujar el cuadro. Igualmente y para prevenir posibles saturaciones y fatigas, también es aconsejable llevar algún pequeño juguete y dárselo si se llega a alguna situación de emergencia.

Y como último consejo, aprende de los errores. No renuncies a llevar a tu hijo a un museo porque la primera visita no fue tan maravillosa como esperabas, es más aconsejable recapacitar sobre los fallos e intentar ver cómo solucionarlos la siguiente vez, teniendo siempre presente lo beneficioso que es para él que se lo aproxime al arte desde una edad tan temprana.

(*) Imágenes: Josh Staiger, David Fielding y Alix Guillard. Flickr Commons. Creative Commons License.