Edgar Degas, Los bebedores de absenta, 1876, Museo de Orsay, París.

Edgar Degas, Los bebedores de absenta, 1876, Museo de Orsay, París.

Os voy a contar una situación real que, tristemente, pasa con demasiada frecuencia y es extrapolable a muchas otras profesiones. Es un granito de arena que, espero, genere una reflexión que ayude al cambio.

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Mi marido y yo vamos con otra pareja al bar que ha montado un amigo, para que conozcan el lugar y, si les gusta, pues mejor que vayan a comer allí que a otro sitio, ¿no? Dejamos que nuestro amigo nos aconseje y nos trae entrantes, algunos platos para picar entre todos y varios postres, y nosotros no escatimamos con las bebidas. Al acabar, viene a nuestra mesa y nos pregunta qué tal todo. Exageramos con los cumplidos de su comida, que total, él es también el cocinero y se está esforzando.

Hasta ahora, todo parece normal, pero nos acercamos al momento que justifica que haya escrito este post. Me dice que como trabajo haciendo recorridos culturales por la ciudad y le interesa mucho el tema, a ver si quedamos algún día que descanse y le hago una visita por el centro a él y a su novia, así podemos echar una buena tarde, sin prisas, y aprovechamos para tomarnos unas tapitas cuando acabemos. Por la conversación, queda claro que lo que él me está proponiendo es que les haga una visita privada y gratis. Por supuesto, no entra en su cabeza pagarme por pasarme varias horas contándole cosas que he tardado años en aprender, verificar, adaptar, unificar en un discurso estructurado y condicionarlo a un recorrido factible. Algo por lo que cobro. Fuerzo una sonrisa y le digo que claro, que cuando tengamos un rato que nos venga bien a ambos, lo que en mi mente suena a que trabajaré gratis para él en mi día libre.

Pero bueno, es mi amigo. Que podría haberme preguntado por los horarios de los grupos y haber pagado como cualquier otro. Y yo le habría hecho un descuento o no le hubiera cobrado, por ser quien es.
Llegamos al cenit del asunto. Tras la conversación, nos trae la factura y está todo incluido en ella, todo y cuanto nos ha ido poniendo en la mesa, elegido por él, para sus amigos. No falta nada, ni uno de los postres, ni una bebida, no hay ningún descuento por ser quien soy. Y para colmo, es demasiado caro para la calidad que ofrece. Eso sí, nos agradece que hayamos traído a más gente y nos dice que espera que volvamos pronto.

Pagamos, nos despedimos y cuando estoy en la puerta me recuerda que en cuanto tenga una tarde libre me avisa para la visita que tenemos pendiente. Intento que mis facciones no denoten lo que estoy pensando mientras salgo lo más rápido posible de ese lugar, sintiéndome humillada.

¿Y por qué? Porque acaban de menospreciar mi trabajo, y lo peor de todo, que ni siquiera ha sido queriendo. Es evidente que si voy a comer a un bar tengo que pagar lo que consumo, hay un intercambio de un producto físico que tiene un precio y nadie se lo plantea. Mi trabajo no es así, el producto que yo ofrezco no es palpable, pero eso no implica que se minusvalore hasta el punto de que se dé por hecho que voy a trabajar gratis. Es más, no ha sido considerado trabajo, sino dar un paseo con amigos mientras hablo.

Duele y enfada a partes iguales. Si yo he pagado por su trabajo cada céntimo del precio desorbitado que me ha pedido, sin cuestionárselo, por qué no se cuestiona que ha dado por hecho que voy yo a regalarle el mío.

Hasta aquí mi historia. Ojalá fuera un caso aislado, pero todos sabemos que no. ¿Habéis vivido una situación parecida? Éste es el momento y el lugar para compartirla. Unamos otros granitos de arena.

Postdata: No he hecho esa visita. Ni he vuelto al bar.

(*) Imagen: Wikimedia Commons. Public Domain.