turismo

Parliament Square, Londres (*)

No todo el mundo puede trabajar de manera profesional como guía turístico, ni siquiera cualquier historiador, puesto que se necesita una acreditación oficial que tan sólo se obtiene por oposición. No es momento de entrar en la cuestión de por qué no se convocan desde hace demasiado tiempo esas oposiciones ni de los rumores de endogamia que envuelven al sector. Vamos a hablar de la experiencia de ser guía, en algún momento determinado, con o sin ánimo lucrativo. El enfoque va a ser doble: intelectual y estético.

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Vista de Barcelona (*)

Como es lógico, hacer de guía de alguien que no conoce tu ciudad tiene un claro beneficio intelectual, y con ello no sólo me estoy refiriendo a la serie de lecturas previas que debemos hacer para aprender, verificar y recordar algunos datos. El momento de mayor aprendizaje es durante la misma visita, puesto que supone un ejercicio de revisión, afianzamiento y ampliación de tus propios conocimientos, tanto a la hora de dar las explicaciones, donde a través de tu discurso vas descubriendo tus carencias, como especialmente cuando nos enfrentamos a las preguntas. Ante las dudas de los visitantes lo habitual es que nos encontremos con lagunas e incluso nuevos enfoques que ni siquiera se nos habían ocurrido. Es fundamental saber en qué fallan tus conocimientos para poder profundizar en ellos, y no hay mejor manera de localizar esos fallos que en el ejercicio práctico con alguien que no domina el tema.

El momento de mayor aprendizaje es durante la misma visita

Pero para mí, el aspecto más fascinante que tiene enseñar tu propia ciudad a alguien que la visita por primera vez es poder explorarla a través de sus ojos. Puesto que la conocemos desde pequeños, nos perdimos la ocasión de descubrirla, es algo que nos viene dado. No creo que haya muchas personas que recuerden su primer paseo por el casco histórico de su ciudad de nacimiento, la primera vez que se topó con la mole de la catedral o que corrió por sus parques. Nos perdimos el impacto que supone observar algo por primera vez, aunque podemos recuperar gran parte de su esencia cuando se la mostramos a otro. Si empatizamos con su curiosidad, sus dudas, sus comentarios y sus enfoques, podemos volver a verla como lo hacen sus ojos, como si fuera la primera vez.

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Catedral de Sevilla y Archivo de Indias (*)

Además, tendemos a creer que, acostumbrados como estamos a ver cada día el mismo paisaje urbano, lo conocemos perfectamente. Y sin embargo, la realidad es que, realmente, siempre solemos ver lo mismo, día tras día, sin prestar demasiada atención. Hay innumerables detalles que se nos escapan por completo, inmersos como estamos en nuestra rutina diaria. De vez en cuando, necesitamos la exclamación del visitante para percatarnos de aspectos que pasamos por alto, a fuerza de tanto verlos. Mirar tu ciudad con ojos de turista es, ante todo, una oportunidad para volver a descubrirla, para maravillarnos con ella y disfrutarla de una manera más profunda.

Tendemos a creer que, acostumbrados como estamos a ver cada día el mismo paisaje urbano, lo conocemos perfectamente

Así que desde aquí os invito a todos a enseñar vuestra ciudad siempre que podáis. Sin duda, será una experiencia inolvidable tanto para los visitantes como para vosotros mismos.

 

(*) Imágenes: edwin. 11, Paco CT, Wikimedia Commons, Creative Commons License.