Dubai

Skyline de Dubai, Emiratos Árabes Unidos. (*)

Las calles de las ciudades están repletas de vehículos, puedes ver atascos en todas las intersecciones en hora punta. Las personas miran apuradas su reloj mientras caminan a toda prisa para no perder el metro o el autobús. El bullicio se apropia del silencio con el despertar de la mañana y todo parece normal. Así es como deben ser las ciudades y así son, así las hemos visto desde que nacimos y así parece que serán cuando esté próximo nuestro ocaso. Sin embargo, toda esta apariencia de normalidad no es más que una ficción o, mejor dicho, una conjunción de realidades diferentes que cohabitan en un espacio común que no es ni tan uniforme como parece ni tan verdad como nuestros sentidos nos la alumbran.

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Con todo esto vengo a decir simple y llanamente que, ni más ni menos, todo es apariencia y nada es real. Hablo de metafísica, hablo de percepción sensorial, de un asunto que tanto han tratado los más ilustres pensadores de las artes, de las ciencias y de la naturaleza, desde el mismísimo Platón y su Mito de la caverna en adelante. Ojo, no pretendo ser pedante y trazar aquí, en estas breves líneas, la historia de la percepción sensorial. Mis pretensiones van por otros lares, ya que sólo aspiro al cuestionamiento de lo cotidiano, de la supuesta normalidad, de esa programación mental impuesta por aquellos interpretadores de la realidad, léase, por ejemplo, aquellos que se hacen llamar periodistas (y no lo son) o, peor aún, tertulianos en los debates televisivos (y mucho menos lo son). Ya me gustaría a mí que se recuperara la dialéctica como forma de conocimiento, avance y progreso (esa palabra ya oscura y gastada) de la sociedad y, por supuesto, de la cultura.

Con todo esto vengo a decir simple y llanamente que, ni más ni menos, todo es apariencia y nada es real

Vivimos en la normalidad anodina de la algarabía del claxon que vapulea las mentes de los descerebrados. Vivimos en el vacío de la incultura y de la práctica del olvido como forma de manipulación de las masas. Vivimos en el alzheimer perpetuo, en la distracción del ordenador de sobremesa, el portátil, el móvil y el i-pad. Vivimos en la sociedad hipermediada. Vivimos en el contenedor de basura de la cultura, del ladrillo visto, del concreto gris frente al asfalto ardiente del verano que se aproxima.

Sé que suena poético y no lo es, sé que suena bello y tampoco lo es, no te dejes engatusar por las palabras que escribo, ya que todo es apariencia. Hoy simplemente estaba tocado por las musas y esto vinieron a decirme: no te creas nada, cuestiónalo todo, no utilices los filtros para comprender la realidad, tú ya eres el filtro sensual que todo lo tergiversa. Consume cauto aquellas manzanas envenenadas que vierten en tu mente aquellos que todo lo manipulan.

Vivimos en el contenedor de basura de la cultura, del ladrillo visto, del concreto gris frente al asfalto ardiente del verano que se aproxima

Y siguen las musas, no sé si la severa Melpómene o la melodiosa Euterpe: no te dejes hipnotizar por los cantos de sirenas que beben de las aguas marinas que pervierten a los tripulantes de este barco llamado Tierra. No, sé tú mismo, no pierdas la capacidad de juzgar, no te olvides de Kant y no pierdas el juicio, o dicho de otra forma, no pierdas la capacidad de juzgar, que es entre otras cosas lo que nos hace humanos.

Al final las musas me han llevado sin quererlo por el sendero de la pedantería, por la cursilería de la mención mitológica y la filosófica. No me importa, hoy he sido yo mismo, he escrito después de mucho tiempo sin recurrir a la tinta impresa, y lo he hecho con el único propósito de criticar la falsedad del todo, que no es más que el envoltorio de la nada, del nihilismo vacuo que hoy nos atenaza, o que nos divierte, a tenor de las carcajadas que se escuchan allá, a lo lejos, en el horizonte que no es y que no existe.

(*) Imagen de Portada: tintazul. Creative Commons License.