El gran número de obras artísticas que poseyó Isabel la Católica nos hace suponer que tuvo un gran interés por disponer de una buena colección. Todas estas piezas pueden clasificarse en cuatro apartados que comprenden las joyas, tapices, pinturas y libros. Debe tenerse en cuenta que, aunque no son piezas de la misma naturaleza, sí poseen ciertas características que pueden entenderse como manifestaciones artísticas propiamente dichas.

En este sentido, las joyas y los tapices quizás sean los objetos más representativos de la colección, de hecho, los propios tapices eran considerados como joyas, ya que estaban confeccionados con hilos de oro y plata.

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Las pinturas y los libros (sobre todo los iluminados) responden a una misma naturaleza y son utilizados por la reina Isabel con una finalidad devocional o de propaganda monárquica. Aunque actualmente se tenga un mayor aprecio a las pinturas que a los tapices, lo cierto es que en la época de Isabel la Católica, los tapices eran los objetos más preciados por la corte, y aunque el número de obras pictóricas fuera muy similar al de tapices, todavía se observa una mentalidad muy vinculada a la tradición medieval al apreciar los objetos según sus materiales y no por su calidad artística.

En lo que se refiere al almacenamiento de las piezas y el lugar en el que fueron expuestas en su momento, podemos destacar dos lugares fundamentales para el caso de Isabel. Todas las piezas que tuvo en su poder, estuvieron concentradas en el Alcázar de Segovia y la Capilla Real de Granada, al margen de otras obras que se donaron a algunas iglesias u órdenes religiosas (sobre todo a la orden de los Jerónimos que era la preferida por los Reyes Católicos).

La colección de Isabel la Católica: joyas, tapices, pinturas y libros

1) Joyas

Aunque la unión del Reino de Castilla con la Corona de Aragón no supuso la creación de una sede fija para la monarquía, lo cierto es que el Alcázar de Segovia había sido tradicionalmente un lugar vinculado a la dinastía de los Trastámara y desde Alfonso X el Sabio se utilizaba como lugar de toma de decisiones de gobierno. Por este motivo el Alcázar se había convertido también en un almacén de todo tipo de objetos relacionados con la monarquía, entre los que se encontraban las joyas.

Desde la primera mitad del siglo XV los reyes de Castilla habían ido acumulando enormes riquezas que fueron instaladas por Enrique IV, hermanastro de Isabel la Católica, en ciertas salas del Alcázar de Segovia, donde el barón de Rosmithal vio en 1465

las efigies de los reyes que desde el principio había habido en España, por su orden en número de treinta y cuatro, hechas todos de oro puro, sentados en sillas regias con el cetro y el globo en las manos.

Al margen de estas efigies que luego serán comentadas con mayor detenimiento, lo que parece claro al leer el extenso inventario realizado en 1503 de los bienes conservados en el Alcázar, es que todos los objetos que se conservaban eran de extraordinaria calidad y todos ellos llevaban el calificativo de tesoro. Infinidad de objetos de oro o engastados en este material, como:

  • Tazones de porcelana.
  • Copas de cristal.
  • Saleros de nácar.
  • Sortijas.
  • Joyeles de complicada formas.
  • Cruces.
  • Obras de plata como las jarras de jaspe, las copas amatistas o saleros.
  • Piezas de procedencia exótica como una cimitarra turca, brocados, telas, guadamecíes y alfombras.

El testamento de Isabel

Cuando la reina Isabel muere se hace un inventario de todos sus bienes. Por un lado, se mencionan objetos en extremo suntuosos, pero que le corresponden a Isabel según su estatus de reina, como es la corona real, pero junto a estas joyas no faltan los pequeños relicarios, que constituían una abundante serie de cajas que, como su propio nombre indica, contenían reliquias.

Algunos de estos relicarios pasaron posteriormente a la Capilla Real de Granada, como por ejemplo, el relicario del Lignum Crucis con el árbol de Jesé en plata dorada. Se trata de una pieza de extraordinaria calidad con un amplio pie en el que se representa al padre del rey David, es decir, Jesé y con un tronco que se bifurca en dos brazos para rodear la cámara que cobija la apreciada reliquia de la Cruz de Cristo.

El testamento es muy preciso en lo que se refiere a las reliquias que debían depositarse en Granada. Primero indica que han de devolverse todas las joyas que los hijos y familiares más próximos le hubieran regalado y, posteriormente, dice que “todas las otras reliquias mías se den a la Iglesia Catedral de la ciudad de Granada”. Cumpliendo el mandato de Isabel, el resto de piezas de orfebrería y ropa que estaban en Segovia se vendieron a su muerte. Un grave error por su parte, ya que esto contribuyó a la dispersión de su legado, que podría haber pasado por completo a sus herederos.

De todos estos datos, puede deducirse que el tipo de joyas que coleccionó Isabel estuvieron vinculadas siempre a su condición de reina católica. Sólo así se entiende la aparición de algunas piezas como la corona real o el cetro que actualmente se conservan en la Capilla Real de Granada, pero tampoco se comprende sin el gran número de piezas de carácter religioso que estaban en su colección, como los relicarios, que siendo joyas, constituyen un símbolo de ostentación monárquica, ya que normalmente se ubicaban en iglesias o capillas que los fieles podrían observar. Los diferentes objetos del Tesoro del Alcázar, entre los que se incluyen los tazones de porcelana o las copas de cristal, entre otros, no pueden vincularse a la acción directa de la reina, ya que muchos de ellos fueron heredados.

Más interesantes son los objetos de procedencia exótica y las efigies reales. Los primeros, aunque que están en consonancia con la mentalidad medieval y la tradición de los mirabilia, son un claro precedente de las cámaras de maravillas del manierismo. Las efigies también apuntan cambios hacia el renacimiento, porque ya anuncian una intención de perpetuar la imagen de los monarcas y de la propia monarquía, pero es preciso tener en cuenta nuevamente que no fueron encargadas por Isabel.

2) Tapices

Pierre Van Alest – Misa de San Gregorio (Palacio de La Granja de San Ildefonso).

Pierre Van Alest – Misa de San Gregorio (Palacio de La Granja de San Ildefonso).

La colección de más de trescientos paños que reunió Isabel la Católica fue fiel reflejo del gusto que las cortes medievales sintieron por los tapices como objetos de carácter suntuario y devocional. Los tapices eran considerados como auténticas joyas que aunaban ciertas características asociadas a las artes plásticas con otras de tipo práctico. Por un lado, servían como marco de representación, lo mismo que la pintura, pero con materiales nobles como el hilo de oro y la plata. Por otra, servían de abrigo en las frías estancias de palacio o capillas de iglesias.

La reina Isabel fue una verdadera coleccionista de tapices pero a la hora de estudiar sus gustos, es conveniente conocer la procedencia de los paños, ya que no todos fueron mandados a comprar por ella. Gracias al testamento que dejó escrito Juan II, padre de Isabel, se sabe de la procedencia de cuarenta tapices que debieron estar en el Alcázar de Segovia para posteriormente caer en manos de Enrique IV y luego de Isabel la Católica. Se sabe además, por las descripciones que aparecen en el testamento de Juan II, que todos los tapices eran de procedencia francesa o flamenca, de ciudades como Arrás, Tournai y Bruselas. Algo de suma importancia puesto que ese gusto por lo flamenco luego sería continuado por la propia reina.

La procedencia de otros tapices está también bastante documentado. Se sabe que muchos fueron regalos de la propia corte, la familia real, prelados y burgueses. A este respecto, Francisco Javier Sánchez Cantón enumera toda una serie de obras que habrían sido regaladas por el rey Fernando el Católico, Juana de Castilla, la Princesa de Portugal y los Condes de Ribadeo, entre las que se encuentran obras de carácter religioso, algunos mitológicos y otros simplemente decorativos.

Anónimo flamenco, El árbol de Jesé.

Anónimo flamenco, El árbol de Jesé.

La propia Isabel también compró paños para regalarlos a sus familiares o cortesanos, como así lo demuestran los dos tapices de devoción que regaló a su hija María y que representaban la Adoración de los Magos y una escena de la vida de San Gregorio. También son significativos los tapices que regaló a su maestra de latín Beatriz Galindo, entre los que se encontraba según el inventario realizado por Sancho de Paredes una Crucifixión. Lo que parece claro es que todos los regalos que realizó la reina fueron de temas religiosos, pero existe una novedad en cuanto a las compras de obras para su propia colección, ya que por primera vez introduce temas mitológicos como la Historia del Rey Jove, Venus y Cupido, El Triunfo del Amor, Paris y Helena o los Doce Trabajos de Hércules.

Quizás por su propia educación humanística Isabel decidió comprar obras de temas mitológicos, pero siempre mantuvo esta faceta dentro del ámbito privado, ya que hacia el exterior siempre proyectó una imagen muy vinculada a la religión y que probablemente se habría visto tergiversada por la nobleza y el clero que no verían con buenos ojos esas incursiones en el indecoroso mundo pagano. Por lo tanto, sí puede deducirse de este breve recuento de piezas que existía una doble posición de la reina frente a las artes, una privada más abierta a los cambios y una pública vinculada a la tradición religiosa y el poder monárquico. Algo que luego se repetirá cuando analicemos su biblioteca.

Anónimo Flamenco, El Nacimiento de Jesús (Palacio de la Granja de San Ildefonso).

Anónimo Flamenco, El Nacimiento de Jesús (Palacio de la Granja de San Ildefonso).

Desafortunadamente a la muerte de Isabel la Católica muchos de los tapices que había poseído a lo largo de su vida fueron dispersados. En la Almoneda de Toro en 1505 muchos tapices fueron comprados por nobles, otros devueltos a sus dueños cuando se trataba de regalos, algunos los heredó Juana de Castilla y otros fueron a parar al Alcázar de Segovia o a la Capilla Real de Granada. De una suma aproximada de 370 paños, tal y como apuntaba Sánchez Cantón, sólo se conservan tres en nuestro país custodiados por Patrimonio Nacional en el Palacio de la Granja de San Ildefonso y en el Palacio Real de Madrid.

Estos tres tapices son el tríptico del Nacimiento, La Misa de San Gregorio y un fragmento del Árbol de Jesé. Son todas ellas piezas de carácter religioso, algo absolutamente lógico puesto que eran las piezas más abundantes. Poco se sabe de la procedencia de estas obras, pero sí existen más datos acerca de los autores, todos ellos nacidos en Flandes, por lo que confirmaría la teoría de que el gusto de Isabel estaba dirigido hacia latitudes septentrionales. Por una parte se hace mención de una manufactura del círculo de Roger Van der Weyden para el Nacimiento de Jesús, una posible autoría de Pierre Van Aelst para la Misa de San Gregorio y no se tiene conocimiento del autor del Árbol de Jesé pero se sabe que fue realizado en los Países Bajos.

3) Pinturas

Profundizar en el conocimiento de las pinturas que debió poseer Isabel I de Castilla, significa enfrentarse a la escasez documental y a la complejidad de los registros en los que se asientan las obras, ya que muchas veces no incluyen título o autor sino que sólo una pequeña descripción de la escena que representa. A este respecto, cabe citar los estudios publicados por Sánchez Cantón y Pita Andrade, ambos absolutamente complementarios y útiles para comprender la personalidad artística de Isabel.

En líneas generales podemos establecer una clasificación según la temática de las tablas, que abarcaría la pintura religiosa, los retratos y la mitológica. La pintura religiosa es la que más abunda, en segundo lugar según el número de piezas estarían los retratos y casi inexistente es la pintura de carácter profano. Sin embargo, lo que debe quedar claro es que el número de pinturas acumuladas no sería aventajado por ninguna personalidad o corte europea del momento, excepto la medicea.

Pintura religiosa

Roger Van der Weyden, La Adoración del Niño (Capilla Real de Granada).

Roger Van der Weyden, La Adoración del Niño (Capilla Real de Granada).

La mayor parte de la pintura religiosa que se conserva se encuentra hoy en día en la Capilla Real de Granada, que recibió a la muerte de Isabel una serie de tablas como el legado póstumo de la hazaña de los Reyes Católicos en esta ciudad arrebatada a los árabes. El hecho de que esta pintura se conserve en la Capilla es el motivo fundamental por el que la colección de Isabel la Católica no ha pasado a constituir el núcleo fundacional del Museo del Prado de Madrid. En cualquier caso, es un logro que estas pinturas hayan sobrevivido al paso del tiempo y apenas se hayan dispersado por numerosos museos como ha ocurrido con el llamado Políptico de Isabel la Católica.

De las pinturas que se conservan en Granada, cabe establecer una diferencia en cuanto a la procedencia de los autores, por una parte, están los pintores neerlandeses, entre los cuales cabe destacar a personalidades de primera fila como Roger Van der Weyden, Dirc Bouts o Hans Memling. Por otra parte, encontramos a dos autores italianos, también de primer nivel, como son Botticelli y Perugino -maestro de Rafael-, lo cual constituye una novedad porque como se ha comprobado hasta el momento, el gusto italiano había sido totalmente rechazado en España, lo que ha hecho sospechar a algunos autores que estas pinturas podrían haber sido regalos para la reina. Por último, se encuentran los artistas españoles Pedro Berruguete y Bartolomé Bermejo, ambos grandes representantes del gusto hispano-flamenco.

Hans Memling, Descendimiento (Capilla Real de Granada).

Hans Memling, Descendimiento (Capilla Real de Granada).

Esta significativa unión de tres ámbitos bien diferenciados, el flamenco, el español y el italiano es realmente significativa porque todo el arte del siglo XVI en nuestro país estará marcado por estos tres polos de atracción, por lo tanto, puede afirmarse que Isabel la Católica sentó las bases del devenir artístico de nuestro país.

Retratos

Juan de Flandes, Catalina de Aragón.

Juan de Flandes, Catalina de Aragón.

En cuanto a los retratos, éstos constituyen el segundo grupo más numeroso de pinturas y de los que ya se ha hecho mención en capítulos anteriores. Los retratos son un instrumento de propaganda monárquica y así es como deben entenderse en el contexto cortesano de finales del siglo XV. Existen datos sobre los retratistas reales que Isabel I de Castilla tuvo a su servicio. Se trata de los pintores de origen flamenco Michel Sittow y Juan de Flandes. Curiosamente fueron los únicos pintores que gozaron de la protección real, aunque se sospecha que Pedro Berruguete también pudo estar al servicio de la reina.

En cualquier caso, sólo existen datos de certeros sobre Sittow y Flandes, que fueron los encargados de realizar la mayor parte de los retratos que se conservan de los Reyes Católicos y sus descendientes cercanos. Estos dos pintores introdujeron en España un tipo de retrato que hasta el momento era inexistente. Se trataba de una representación del personaje individualmente y de busto, normalmente con fondo neutro y resaltando elementos que indican su rango, como joyas o ropas. Son retratos que buscan además el parecido con la realidad y no la idealización, por lo que quizás ésta haya sido la causa por la que triunfaron estos pintores y no los italianos dentro de nuestras fronteras.

Otros géneros

Las pinturas de asunto profano son apenas inexistentes y prácticamente nada se conserva, sólo se conocen algunas pequeñas obras que representan escenas de interés topográfico para posibles campañas bélicas, algunos paisajes urbanos o vistas de ciudades y algunas pequeñas tablas conmemorativas de batallas, pero nada se conserva de mitología.

4) Libros

Es acertado considerar que las verdaderas novedades en cuanto al gusto de Isabel pueden apreciarse al consultar los volúmenes que se conservaban en su biblioteca. Conocemos la existencia de siete tipos de libros según su temática y que podemos dividir en: libros de la Antigüedad Clásica, libros escritos en castellano, libros de caballerías, libros religiosos, de la naturaleza, para el buen gobierno y de otras actividades cortesanas como la caza, el ajedrez o la música.

Libros religiosos

De todos ellos, los más numerosos son los religiosos y en total se sabe que Isabel poseyó aproximadamente unos 400 volúmenes. Se trata de las Sagradas Escrituras, los Salmos de fray Juan de Torquemada, fray Pedro de Castrovol, fray Girolamo de Savonarola, o los misales de Isabel la Católica.

Libros de la Antigüedad

Los libros de la Antigüedad son también bastante cuantiosos y entre ellos se encuentran obras como la Ética de Salustio y obras de reconocidos autores como Terencio, Séneca, Justino, Valerio Máximo, etc., todos ellos escritos en latín, lengua que la reina conocía perfectamente gracias a las enseñanzas de Beatriz Galindo.

Libros de caballerías, sobre la naturaleza y el buen gobierno

Una novedad es la existencia de libros de caballerías, como la Historia de Lanzarote y el Baladro de Merlín y la Demanda del Santo Grial, ya que estos libros estaban mal vistos por la Iglesia por ser fantasiosos. Aún así, parece ser que la curiosidad de la reina fue más allá de lo que dictaban los cánones, sin poner por ello en duda su demostrada fe en el catolicismo. También son anecdóticos los libros sobre naturaleza, que prácticamente son inexistentes porque todavía no existe un predominio de la ciencia sino de Dios en la cultura.

Por último, los libros para el buen gobierno como las Crónicas y los Anales también abundan y son importantes porque una vez más reflejan que Isabel la Católica siempre quiso unir en su persona dos virtudes, la del buen gobierno y la de la piedad religiosa.