¿Sabes dónde está esta pintura?

Rembrandt – La tormenta del mar de Galilea, 1633

No, en serio, ¿lo sabes? Porque dar información sobre su paradero tiene una interesante recompensa. ¡Cinco millones de dólares!, que se dice pronto. Bueno, en realidad eso era en 1990, ahora no sé por cuánto oscilará la cifra, pero ya intuyo que pequeña precisamente no será. 

Y es que esta pintura es muy especial.

Nos referimos a La tormenta en el mar de Galilea de Rembrandt, fechada en 1633. En esos momentos, el artista se había trasladado hacía poco a Ámsterdam desde su Leiden de nacimiento, y estaba creando obras maestras como la Dánae del Hermitage, donde el dorado de la lluvia inunda cada milímetro de la composición,  o La lección de anatomía del doctor Tulp, que aún deja con la boca abierta a los expertos forenses por su precisión en el conocimiento de músculos y tendones. 

Hacía poco que Rembrandt había entrado en su etapa de madurez artística, con grandes escenografías, profundidad expresiva y una capacidad difícilmente igualable para la captación de la emoción. Como nos demuestra la pintura que andamos buscando junto al FBI.

Si bien creo que nadie a estas alturas duda que Rembrandt es uno de los grandes del Arte, así, con mayúscula, La tormenta del mar de Galilea incorpora algo aún más especial. Porque, a pesar de que este pintor nos dejó algunos de los paisajes más sugestivos del barroco, con un dominio de la luz y la atmósfera que nos evoca a lo sublime del Romanticismo, este lienzo, el desaparecido, tiene como matiz extra que se trata de la única marina que pintó a lo largo de toda su vida. 

Una sola marina y nos la roban. Y digo “nos” hablando de nosotros como el conjunto de la humanidad. En casos así perdemos todos, no solo su propietario. La pérdida de patrimonio siempre nos afecta como comunidad internacional, ya sea de un yacimiento en Siria o de un lienzo holandés en un museo estadounidense. 

Cuando desaparece por una fuerza mayor, pongamos, un incendio involuntario como el del Alcázar de Madrid allá en 1734, no nos queda otra que lamentarnos por la mala suerte y apechugar. Pero cuando el culpable es una persona o colectivo humano, que destruye por motivos egoístas, ideológicos o de cualquier otra índole, pero que al fin y al cabo se trata de que el bien cultural es malentendido y no se ve más allá, entonces los sentimientos que nos despiertan son bastante diferentes. 

Un análisis de La tormenta en el mar de Galilea de Rembrandt

Pero volvamos a la pintura que nos ocupa, La tormenta en el mar de Galilea. La historia nos la narran Mateo (8, 23-27), Marcos (4, 35-41) y Lucas (8, 22-25).  Se trata de uno de los primeros milagros de Cristo, en el que con su voz calma al viento y al oleaje. Rembrandt, tan personal hasta en la selección del momento, elige un instante previo, donde el mar sigue embravecido y Jesús todavía no ha increpado a la misma naturaleza.

Rembrandt – La tormenta del mar de Galilea, 1633. Detalle.

Gracias a adelantar unos segundos el momento culminante, el artista puede recrearse jugando con el contraste entre la tensión y la quietud.

Aunque parece dominar la acción poderosa del mar y los frustrados intentos de los apóstoles por sobrevivir, aunque la barca se inunda y resiste con dificultad, si observamos con atención, en realidad vence la tranquilidad de Cristo, que permanece sentado, impasible, como si ese vaivén de olas ni siquiera lo salpicaran. De hecho, los apóstoles lo acaban de despertar. 

El cielo, que en la primera mirada parece rodear la barca y cerrarse en torno a ella, en realidad se está abriendo. La noche se acaba, y con ella la tormenta pronto va a finalizar, por intercesión de Cristo, que según los evangelios es la luz que viene a iluminar al mundo. Igual que esa claridad dorada entre las nubes, Rembrandt nos recuerda que Jesús es la esperanza de la humanidad.  

Es evidente el control que el artista tiene de la técnica, la estética y el profundo conocimiento de la iconografía.

Rembrandt – La tormenta del mar de Galilea, 1633. Detalle.

Por cierto, si nos fijamos bien hay catorce figuras: Jesús, los doce apóstoles y… Rembrandt. Ahí lo tenemos, entre los que increpan a Jesús, el que reza y el que vomita por la borda. Ahí está, observándonos con expresión preocupada y llevándose una mano a la cabeza con cierta teatralidad. Con esa mirada logra hacernos partícipes de la escena, saltándose las reglas del tiempo para llevar ese momento tan importante de la vida de Jesús a la actualidad. Rembrandt, que fue un retratista excepcional y nos dejó una inigualable colección de autorretratos, no perdió la oportunidad de incorporar su propio rostro y convertirse en el decimotercer apóstol.

Ahora bien, esta pintura esconde una historia reciente digna de un documental de Netflix. Que ya existe, por cierto, con el descriptivo (y algo exagerado) título de «Esto es un atraco: el mayor robo de arte del mundo». Y es que una noche de 1990 desapareció del Isabella Stewart Gardner Museum de Boston y, a día de hoy, todavía no se entiende cómo sucedió ni dónde está. Al documental te remito si quieres profundizar, vale la pena verlo. 

Así que si la encuentras el FBI estará encantado de atenderte, tú disfrutarás de una sustanciosa recompensa y nosotros, la humanidad al completo, podremos volver a admirar esta maravilla del arte en directo.

Todos son ventajas, ¿verdad?