¿Te suenan los nombres de Senaquerib, Asarhaddón y Asurbanipal?
Quizás te evoquen un tiempo lejano y exótico, aunque no los logres situar. Para hacerlo, debemos retroceder al Imperio Neo-Asirio, allá por el siglo VII a.C. En esos momentos, Asiria era una potencia imparable, con un ejército imbatible y una convicción férrea que les llevaba a expandir sus dominios en nombre de su dios, Assur, dejando un visible rastro de violencia y su consecuente odio allá por donde pasaran.
Un odio que fue calando generación tras generación, tan profundo que pueblos enemistados perdonaban temporalmente sus diferencias para unirse contra un mal común, invencible.
Pero vamos por orden.
Asarhaddón fue uno de los hijos pequeños de Senaquerib, el poderoso rey de Asiria.
El muchacho no encajaba, ni de lejos, en los estándares de los líderes de su pueblo. Su físico era débil y enfermizo, nada que ver con sus hermanos mayores o su propio padre, grandes militares que dedicaban su vida al sometimiento y control de los pueblos colindantes con una brutalidad fuera de escala. Asarhaddón no tenía la fortaleza corporal necesaria para liderar el ejército ni mucho menos para participar en el campo de batalla. En esa época, los reyes acudían a la guerra y su valía como gobernantes, más allá de su capacidad de gestión el país, dependía en gran parte de su actuación en las contiendas. Los reyes necesitaban victorias porque significaban que Assur, el dios guerrero, lo respaldaba en el trono.
Sin embargo, Senaquerib eligió a Asarhaddón, ese hijo pequeño de aspecto débil, como heredero del Imperio Asirio. Como buen estratega que era, algo vería en él… y aunque su decisión no fue comprendida, no se equivocaba. Sabía muy bien a quien entregaba su imperio.
Por supuesto, sus hermanos mayores no estuvieron conformes. Sus quejas no fueron tenidas en consideración y, viendo que de verdad se quedaban sin la corona, se convirtieron en conspiración. En el año 669 asesinaron a su propio padre para usurpar el trono. Así, a manos de sus hijos, falleció Senaquerib. Digamos que los asirios no destacaron por sus lazos filiales. Y así, comenzó una cruenta guerra civil contra el heredero propuesto y entre los demás hermanos, en una lucha fraticida por lograr el trono de la que el joven Asarhaddón logró salir victorioso.
Y, contra todo pronóstico (menos para Senaquerib, aunque no pudo comprobarlo), se convirtió en el mayor conquistador de Asiria, creando uno de los imperios más grandes de la Historia Antigua.
Es cierto que el reino que recibió ya había superado en mucho los antiguos límites de Mesopotamia. Sus predecesores ya habían dominado la costa Mediterránea: Fenicia, Israel y Judá. También le pertenecía el desierto sirio y al este, vastas extensiones de Elam y Media. El territorio era descomunal.
Con semejante punto de partida, Asarhaddón continuó la línea militar paterna y su expansión llegó a tal límite que, aun sin flota, conquistó Chipre.
Entonces, se volvió al único imperio capaz de hacerle frente, Egipto, cuyo sometimiento total lo concluyó su hijo, Asurbanipal. No es algo que nos suelan contar los libros de historia pero sí, Asiria conquistó Egipto y el Nilo, el Tigris y el Éufrates pertenecieron a un mismo imperio.
Asurbanipal está considerado el último gran rey de Asiria. Después de él, la decadencia profunda cayó sobre el Imperio y , poniendo en práctica la idea de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, en pocos años el cinturón de pueblos conquistados en torno a la Asiria original se aliaron contra ella. Primero Egipto y Babilonia, gobernada por el propio hermano de Asurbanipal para evitar levantamientos (ya vemos que no sirvió de mucho), y después se les unieron los medos, los elamitas, los escitas y otros pueblos sometidos, rodeando sus ciudades centrales por completo. En la victoria, se recrearon en la destrucción de esta civilización. Con saña, la que ellos mismos habían sentido en su piel. Nínive quedó en ruinas en el año 612 a.C.
La profecía de la caída de Nínive, atribuida a la intervención de Yavé, aparece incluso en varios libros del Antiguo Testamento. Entre otros, los profetas Jonás y Miqueas la recogen, y Nahum le dedica todo su libro (que, todo hay que decirlo, es muy breve), incluyendo descripciones de violencia, en algunos casos extrema. En el último versículo escribió:
“No hay remedio para tu herida incurable; los que lo saben baten palmas por tu ruina, pues ¿sobre quién no descargó sin cesar tu crueldad?”
Pero ese declive no lo vieron venir, ni Asarhaddón ni Asurbanipal. Ellos vivieron el esplendor máximo que precedió a la tormenta. Y, recordemos, casi todo su mundo conocido les pertenecía. Hasta Egipto.
Había que festejar tales proezas, y Asurbanipal lo hizo en piedra. En una cultura de adobe, la piedra apenas se utilizaba, era un producto caro porque había que importar de algún lejano punto, fuera del territorio original de Mesopotamia. Pero nada importaba si el rey quería piedra.
Con ella decoró su palacio de Nínive con relieves tan extremadamente delicados que aún hoy nos cuesta entender cómo un pueblo tan cruel pudo llegar a tal refinamiento estético.
El nexo, entre la brutalidad y la belleza, nos lo da el tema. Me refiero a los relieves de la caza de leones que hoy se exponen en el Museo Británico de Londres. Se trata de varios metros de paneles donde podemos seguir el ciclo completo de una cacería, desde la vida apacible de los animales antes de ser enjaulados, a la matanza y la ceremonia religiosa posterior, con los cuerpos yacentes junto al rey.
El más famoso es la leona herida, que con la columna rota se arrastra intentando huir de su mortal enemigo, demostrando la fuerza del instinto de supervivencia. Ella, la más difundida, es solo una de las muchas fieras que recorrían esas paredes palaciegas. Sin duda, todo un alarde de realismo, de emoción, patetismo y movimiento.
Es imposible permanecer impasible ante ellos. Ante los leones, y ante el Imperio Neo-Asirio.
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