Reconozco que este es mi rey predilecto de la historia de Castilla. Sí, hay gente que es fan de un equipo de fútbol y yo lo soy de un rey castellano, puedes juzgarme como desees que me lo he ganado.
Pero antes de nada, ¿sabes que son los “¿y si…?” históricos? Se trata de un concepto extrapolado de la creación literaria que te explico en este post.
Ahora sí, vamos al tema.
Pedro I tuvo uno de los reinados más tumultuosos de la Edad Media peninsular; en sus diecinueve años en el poder apenas tuvo varias semanas seguidas de paz. El gran antagonista fue su hermanastro Enrique, quien acabó apuñalándolo y sucediéndolo bajo el nombre de Enrique II. Pero para llegar a esa conclusión se acumularon infinidad de situaciones de tensión entre ambos. Enrique había traicionado la confianza del rey y cometido traición tantas veces antes que lo extraño es que llegara vivo hasta la decisiva batalla de Montiel.
Para atacarlo, Enrique II se había aliado con el ayo y valido de Pedro I, Juan Alfonso de Alburquerque; con los reinos fronterizos (y enemigos potenciales) de Aragón y de Francia; con una de las personas de máxima confianza del monarca, Juan de la Cerda; con un repertorio ilimitado de nobles y hasta con Blanca de Portugal, la mismísima madre del rey.
Recordemos que traicionar al que ostenta la corona se condenaba con la muerte. Dado el rango de Enrique, por decapitación. Con mucha suerte, un alto traidor podía ser exiliado de por vida. Pero Pedro I pecó de clemencia desmedida y lo perdonó una y otra vez, hasta que la situación se volvió incontrolable: la primera guerra civil castellana, con Inglaterra, Aragón, Francia y hasta el papado involucrados también en la contienda.
Es curioso que el rey perdonara continuamente los levantamientos de Enrique. Lo que sí es seguro es que no se sentiría motivado por un impulso de benevolencia por compartir la sangre paterna, puesto que sí ajustició a varios de los hermanastros. A saber: Fadrique (gemelo de Enrique), Juan Alfonso y Pedro Alfonso, que contaba con solo 14 años. Ah, y a la madre de todos, Leonor de Guzmán, aunque parece que muy presionado por la reina madre.
¿Y si Pedro I hubiera ajusticiado también a Enrique? No sabemos el motivo de sus decisiones, pero la historia habría sido muy diferente.
Juguemos a las hipótesis:
Por una parte, fallecido Enrique antes de comenzar la guerra, la vida de Pedro I no hubiera sido tan breve (hemos eliminado a su asesino), ni hubiera existido tal contienda. El monarca habría desarrollado sus políticas en vez de invertir todos sus esfuerzos en la supervivencia. Porque la situación de inestabilidad constante y las rebeldías hicieron que solo pudiera convocar cortes en 1351, al año de comenzar a reinar, y ya apuntaba medidas que favorecían al pueblo y mermaban el poder de la alta nobleza.
Hubiera sido interesante ver qué camino hubiera tomado si hubiera gozado de un prolongado reinado en paz. En nuestra versión alternativa de la historia pudo desarrollarlas ampliamente y, ¿quién sabe? a lo mejor ahora sería recordado como otro rey sabio.
Por otra parte, la línea sucesoria habría sido diferente.
En vez de continuar con Juan I y sus herederos, debería haber reinado alguno de los hijos de Pedro I. ¿Pero a quién habría elegido? Porque la vida amorosa del monarca es un tanto espinosa.
Vamos a simplificar la historia, es decir, no mencionaremos a los hijos que murieron en su primera niñez. La mortalidad infantil en aquella época era atroz y nadie estaba a salvo, ni los hijos del rey.
En 1355, de su fugaz matrimonio con Juana de Castro había nacido Juan, que era además su varón primogénito. Pero el rey había anulado esta unión, declarando que su primera y legítima esposa era María de Padilla. Y ella le había dado un hijo, Alfonso, cuatro años menor que Juan. Parece más probable que Alfonso fuera su primera opción.
Sin embargo, Alfonso falleció antes que su padre, con solo trece años (sin intervención Trastámara por lo que parece, así que lo mantenemos tal cual), por lo que Pedro debería haber vuelto su mirada de nuevo a Juan, al menos durante unos meses, ya que al año de morir Alfonso tuvo otro hijo, Sancho, junto a su amante Isabel de Sandoval. Un par de años después, de esta unión nació el último de sus hijos varones, Diego.
Por lo tanto, tenemos a dos posibles candidatos: Juan y Sancho, los dos ilegítimos, seguidos por otro más, Diego. Pero Pedro I murió con tan solo 35 años, sano y en plenitud física. Y era muy dado a las amantes. Como hemos eliminado su asesinato, a saber cuántos hijos más deberíamos añadir a la lista. Y por supuesto, también podría haberse vuelto a casar.
Lo que sí es seguro es que la línea instaurada por Enrique II no habría existido, y Juan, Sancho y Diego habrían tenido una existencia más digna que la que les tocó vivir. Porque el primer Trastámara se cebó bien con ellos por el simple hecho de ser hijos del monarca anterior. Para reducir a mínimos las posibilidades de ser depuesto por la descendencia legítima del legítimo rey, Enrique II se cercioró de tenerlos bien controlados. ¿Cómo? Encarcelándolos de por vida.
Sancho, el heredero más probable de nuestra versión de la historia, en la realidad contaba 6 años cuando se convirtió en huérfano. Lo encerraron en Toro y allí murió dos años después de una infección pulmonar por estar expuesto continuamente al humo. Se estima que la sala no ventilaba bien su chimenea.
Juan y Diego aguantaron con vida, uno en el castillo de Soria y el otro en el de Curiel (Valladolid). Ahí seguían en 1388, cuando se firma el Tratado de Bayona, que es el momento en el que se legitima por fin la línea Trastámara casando al nieto de Enrique II con la nieta de Pedro I (paradojas de la historia). En este documento se especifica que los hijos encarcelados del último Borgoña tenían que ponerse en libertad. El rey del momento, Juan I, segundo Trastámara, hizo oídos sordos y ahí los dejó.
Así, Juan estuvo preso 36 años, desde los 14 hasta que falleció en 1405, nunca fue puesto en libertad. El caso de Diego es aún más exagerado, ya que apenas había cumplido 4 años al ser encarcelado y permaneció en esas condiciones hasta 1434. Falleció cuatro años después con 75 años, de los cuales 65 estuvo en prisión.
Sin duda, los hijos de Pedro I tuvieron una vida desproporcionadamente cruel. Pero nuestra versión alternativa de la historia es muy diferente. Ni décadas de cárcel, ni muerte por inhalación crónica, ni tratado para unir las dos familias. Uno de ellos, además, habría sido rey, y serían sus herederos los que habrían perpetuado la corona.
¿Qué habría pasado?
Por lo pronto, Isabel I no habría nacido, así que no sabemos si se habría dado la unión con Aragón, si se habría instaurado la Inquisición o si el monarca del momento hubiera aceptado las propuestas de Cristóbal Colón. Tampoco habría existido su nieto Carlos, el que convirtiera a España en un imperio, ni un Felipe IV que sufragara a Velázquez. Y así podemos continuar, hipótesis tras hipótesis.
Con esto, lo que nos queda claro es que la decisión de Pedro I de no ajusticiar a ese hermanastro en concreto afecta a nuestro presente, y con nuestro me refiero a escala global. El desenlace de las guerras nazaríes, la expulsión de los judíos, el descubrimiento de América, las luchas contra los protestantes, la circunnavegación y un largo etcétera de eventos en los que participa todo el planeta.
Si de algo sirve este juego, aparte de para dejarnos llevar por las hipótesis y la divagación, es para corroborar de que la humanidad está conectada más de lo que suele imaginar.
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