Tradicionalmente, los museos han sido templos guardianes de las artes, de la cultura, y junto con las universidades, de la investigación en materia histórico-artística. Los visitantes acudían a ellos a educarse, a aprender, incluso a deleitarse con las obras de arte. Con el comienzo del turismo cultural de masas a mediados del siglo XX, los museos tuvieron que ir tomando nuevas formas para satisfacer las necesidades de ocio que el gran público demandaba de estos lugares.
Los museos no estaban preparados para este fenómeno de consumo cultural, ya que entraba en conflicto con la concepción eminentemente pedagógica del museo.
Surgieron entonces algunos interrogantes:
Ya a principios de los años sesenta, Herbert Read mostraba su preocupación ante este fenómeno social:
Cuanto más reflexiono al respecto, más claramente empiezo a comprender que, si bien puede haber una minoría irremediablemente embrutecida por obra del ambiente y de la forma en que se crió, la gran mayoría no es insensible, sino indiferente. Es gente dotada de sensibilidad, pero eso que llamamos cultura no la conmueve
Posiblemente, ante la tradicional incapacidad del sistema educativo de las sociedades occidentales de despertar a la mayoría esa sensibilidad hacia la cultura, la sociedad necesitaba finalmente revestirla de ocio para hacerla más atractiva, y así convertirla en un producto de consumo más. Y esto decepcionaba a los museos y a una minoría que sentía placer por la cultura y el arte en su estado más puro, entre la que se encontraba Read.
Sin embargo, esa divergencia entre el fin didáctico de los museos y las demandas de ocio cultural de la sociedad parece haberse ido convirtiendo a lo largo de las décadas en un acercamiento de intereses. Los visitantes de los museos son el fiel reflejo de las transformaciones de la sociedad y de sus nuevas tendencias culturales, y los museos, al principio inmóviles y perplejos, fueron aceptando una nueva situación y evolucionando desde su concepción de “templos de la cultura” hacia modelos de “centros de ocio cultural”.
Por lo tanto, parece posible una reconciliación entre ambas posiciones: la del museo de seguir ofreciéndose al público como un lugar a donde se va a aprender sobre arte y cultura, y la de la sociedad de demandar unos servicios culturales y de ocio alrededor de las colecciones que también les permita amenizar la visita y finalmente disfrutar aprendiendo.
Como describía Hooper-Greenhill ya en los años noventa:
Los museos ocupan un lugar especial en la industria del ocio, abierto por un lado a la diversión y al entretenimiento, pero firmemente ligado al campo de la educación por el otro. Este vínculo es estrecho y se está fortaleciendo, y es precisamente este vínculo con la educación lo que constituye una atracción para el público en sus horas de ocio
No obstante, determinados museos se han dejado arrastrar en exceso por ese consumo cultural y evolucionan como nuevos espacios comerciales en los cuales se vende cultura y en los cuales las leyes del mercado y la obsesión por los resultados cuantitativos determinan las estrategias de desarrollo.
Y el caso contrario, aquellos que por no haber evolucionado hacia proyectos de mayor disfrute que sustituyeran a los antiguos criterios academicistas, lo están pagando caro: la gente sólo asiste masivamente a los espectáculos interactivos y a las grandes obras emblemáticas, dejando el resto de las colecciones arrinconadas en el mayor de los olvidos.
Con respecto a la otra parte implicada, la del gran público, encontramos responsables de museos que culpan a éste por una radicalización en su actitud según declaraba un responsable del MET de Nueva York:
Que vengan, que lo llenen, pero para disfrutar, no todo este turismo cultural que en realidad está deseando acabar pronto para irse de compras y entiende la visita como una obligación social
Es cierto que el turismo cultural ha provocado la aparición de grandes masas de visitantes en los museos que realmente no tienen inquietudes artísticas y que acuden casi por inercia a las ciudades buscando grandes emblemas culturales en forma de símbolos turísticos. Y que viajar y conocer grandes museos finalmente les proporciona un cierto prestigio en la sociedad, con lo que esto puede llegar a convertirse en una obligación social más que en una afición personal.
Por tanto, ¿a qué han venido?:
Han venido a ver y a hacerse ver, a curiosear y a expresar simbólicamente su pertenencia, o su deseo de pertenencia, a un grupo de referencia
Pero de nuevo surgen más preguntas difíciles de contestar:
Desde luego, lo que es indudable es que la educación desde la infancia resulta fundamental para que la sociedad tenga verdadero aprecio por la cultura, y por consiguiente, su visita a los museos se convierta desde el principio en una experiencia enriquecedora y deseada.
En cualquier caso, hablemos de los visitantes en particular, sea cual sea su perfil, motivaciones, expectativas, forma de realizar la visita al museo…
(*) Imagen de Portada: Morguefile. Creative Commons License.
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